Campaña de Sartosa: La Batalla de La Tortuga (partes I y II)

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Hiswesüle
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Campaña de Sartosa: La Batalla de La Tortuga (partes I y II)

Mensaje por Hiswesüle » 04 Mar 2015, 15:05

Editado II: Postfacio imperial incluido


Editado: versión goblin incluida.


Aqui os traigo una nueva entrega de la Campaña de Sartosa que venimos disputando mi rival y yo.
En este caso, tras el desembarco inicial que favoreció a los altos elfos los humanos tuvieron que vérselas con un violento Waaagh de Pieles Verdes que asalto sus cabezas de puente en la isla nada más desembarcar (el control del waaagh recayó en mis manos como consecuencia de haber ganado la batalla de desembarco).
Tras varios turnos de persecución, las abruptas laderas del valle en el que se habían metido los pieles verdes, se demostraron demasiado desafío para sus capacidades de maniobra (demasiados chequeos de terreno dificil fallados) y el destacamento imperial que les perseguía consiguió darles alcance.
Finalmente el escueto destacamento imperial (a la espera de ser reforzado por una banda de matadores que han jurado venganza contra el waaagh) y el inmenso waaagh se enfrentan en La Tortuga, un bajo pero amplio promontorio en las estribaciones de los Acantilados del Tuerto.
Una victoria imperial desharía la amenaza goblinoide y permitiría asegurar el extremo noroeste de la isla en posesión de los imperiales. Una victoria de los orcos y goblins dejaría nuevamente Roba y Sartosa a merced de los pieles verdes y supondría la ruptura de comunicaciones entre el ejército imperial destacado al sur de la isla y la base principal del Imperio en el Castillo del Rey Pirata.

Sin más os dejo con las reflexiones de ambos bandos antes de la batalla.

Enormes y rugientes hogueras se elevaban sobre "La Tortuga" aquella noche, tiñendo la
peculiar silueta de la colina de un color anaranjado. Pese a que lo peor del invierno había pasado, un aire gélido cruzaba la isla de oeste a este. Para calentarse, además de avivar el fuego, los pieles verdes consumían sin mesura el vino y el grog que habían saqueado días atrás. Extasiados por la bebida, las setas alucinógenas y el retumbar de sus vetustos tambores, danzaban dementemente en grupos alrededor de las fogatas, empujando a las llamas a los más borrachos o distraídos entre fuertes risotadas y feroces gritos guturales... a Bugdul, el gran jefe orco, aquel juego le parecía sin embargo aburrido, y permanecía alejado de toda la algarabía, sentado sobre uno de los tocones de pino recién cortados...el hecho de
que todos le apodasen "jeta kemada" tenía mucho que ver con su actual aversión por las danzas rituales. Esa noche se entretenía con un pasatiempo más "de penzar", que consistía en pinchar con una rama bien afilada al maltrecho enano que mantenía atado a sus pies, tratando de averiguar donde le fastidiaba más que le clavase la punta astillada... por los rabiosos gritos que daba, dedujo que el ojo era el mayor punto débil de su prisionero. De pronto, uno de sus chicoz de confianza apareció apresurado entre la vegetación, dirigiéndose directamente a hablar con Bugdul.

- ¡Jefe...jefe!...ufff...deziaz la verdaz jefe...el taponzete que kapturamoz aller no eztaba zólo...olimoz a otroz, loz zegimoz por el bozke...ufff...ze llegaron astaun kampamento de humanoz a tiro de pedrolo, tirando pallá - y señaló con un dedo en dirección noreste.
-...Zon toos zoldáoz del kaztillo...pué qe doz o trez puñaoz grandez- matizó el explorador, tremendamente orgulloso de sus avanzados conocimientos de cálculo.

El orco dejó de azuzar al enano y en su ennegrecida cara se dibujó una mueca parecida a una sonrisa. Volvió inmediatamente la vista a la más grande de las hogueras, donde un pequeño y arrugado goblin presidía la escena, sentado sobre un trono de oro y pieles..."Habrá pelea", pensó para sí el viejo orco, y en una pelea cualquiera puede perder la cabeza... "tanto enemigoz como archienemigoz"

Joseph Swein se estaba muriendo de frio, o al menos eso pensaba él, mientras tiritaba
violentamente bajo el capote roído con el que trataba de protegerse del viento, acurrucado en círculo junto a otros compañeros de rancho. El capitán les había prohibido so pena de severos castigos encender ningún fuego, y casi envidiaba a los pieles verdes, cuyo campamento podían intuir iluminado a lo lejos. Sabía no obstante que dentro de la tienda de mando había braseros, y que las tropas regulares, aún durmiendo al raso, disponían de gruesas mantas de lana...pero el servicio en las compañías libres era un renglón aparte en la organización militar del Imperio, y poco importaba el confort de la chusma...

Llevaban días rastreando y persiguiendo sin éxito a la horda de monstruos que habían
atacado la población de Sartosa, pululando sin rumbo por el bosque de Marwin hasta la
llegada del nuevo comandante, quien había finalmente logrado seguir la pista de esas malas bestias, acorralándolas entre los acantilados de la costa oriental. El nuevo mando del Batallón era seguramente el sujeto más extraño que Joseph había visto nunca, pero parecía gozar del favor y confianza del joven Barón von Dunkel. Tampoco era el único personaje extravagante por aquellos parajes a ojos del miliciano, pues un grupo de rudos enanos, engalanados con tatuajes azules y crestas teñidas, se habían presentado sospechosamente en el campamento al anochecer. Uno de ellos mantuvo una breve conversación con los oficiales, para a continuación volver a desaparecer con el resto entre la maleza...según le contó su amigo Karl, quien había sido marino años atrás , los tatuajes que lucían no eran propios de los enanos piratas de la isla, y aseguraba que eran distintivos de la flota de guerra de Barak-Varr, "La Puerta del Oceano".

-GNRRRRRRHHHH...fiuuu...- un sonoro ronquido sobresaltó a Joseph, que no podía entender como nadie podía dormir aquella maldita noche. Se levantó entumecido, se frotó las manos y buscó a tientas el frasquito de "matarratas" entre sus ropajes... quedaban aún un par de sorbos y los apuró de un sólo trago, reconfortándose de inmediato a pesar del quemazón que el rancio licor le produjo en la garganta y el estómago. "De algo hay que morir", se dijo a si mismo, sospechando que aquel fatídico momento parecía estar ya muy cerca.

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El viejo chaman goblin nocturno se rebulló en su trono. Skirniseerh, apenas daba crédito al frio que sentía. Ni las pieles que recubrían el trono y a él mismo, ni la gran hoguera que ardía ante él evitaban que el frio viento de la isla se clavara en sus huesos reumáticos provocando nuevas oleadas de dolor a cada momento. Una vez más sintió nostalgia de su oscura y cálida cueva en las entrañas de Pico Caragio. En las profundidades de la montaña Skirniseerh era un dios. Su ración de zetas magicaz estaba asegurada, también la diversión de las cacerías de garrapatos, por no contar con la absoluta obediencia de sus congéneres. Y por supuesto el calor de las hogueras en las amplias cuevas al abrigo del maldito viento del que había disfrutado hasta hacía tan solo unas semanas. Skirniseerh recordaba a la perfección como se había ido todo al garete.

Su mano garruda se movió inconscientemente hasta el montón de zetas que había ante él y cogió un hogo retorcido de una peculiar variedad especialmente picante. Tal vez aquello le ayudara a entrar en calor, o al menos le distraería de sus recuerdos. La escena volvía a su mente una y otra vez. Hacia un par de semanas se encontraba disfrutando del status quo que había alcanzado con la mala bestia de Bugdul cuando tras meses de combates entre sus goblins nocturnos y los orcos salvajes del gigantesco kaudillo orco convencieron al minúsculo cerebro del bruto de la imposibilidad de arrojar a los goblins de las montañas que rodeaban la fortaleza enana de Varr-Hold (al mismo tiempo que el orgullo desmedidamente hinchado de Skirniseerh aceptaba que no podría extender sus dominios hasta el gran rio que corría al norte del Bosque del Stnotling).
Pero cuando los beneficios de la tregua comenzaban a notarse (tanto para el chaman goblin y su tribu como para los enanos de Varr-Hold, que percibieron el constante incremento de ataques de los nocturnos) llegaron los Orejotaz. Skirniseerh primero se había reído de sus jefes tras ser derrotados en las primeras escaramuzas. Luego se había entretenido torturando a los que fracasaban al retener el avance de los elfos por el paso de Varr-Hold. Después había aullado de ira cuando todos sus subordinados se habían negado a seguir combatiendo. Había aguardado expectante a que los taponez expulsaran a los orejotaz (to´emundo sae ke Orejotaz y Taponez sie eztan kon bronkaz) pero los malditos barbudos se habían encerrado en su fortaleza y habían atrancado la puerta, así que Skirniseerh se dedicó a esperar, convencido de que las montañas le protegerían una vez más. Y así había sido al principio. Los orejotaz se habían instalado en el pueblo humano del fondo del valle, y cuando intentaron avanzar hacia el norte, por SU montaña, Skirniseerh los había repelido hasta en dos ocasiones. Pero cuando empezaba a convencerse de su “astucia” había ocurrido lo impensable.

El viejo chaman volvió a enroscar las pieles alrededor de su frágil cuerpo conforme el picor de la seta se iba apeciguando y el viento volvía a hacer presa en él. Después de varias semanas aun no se explicaba como el chaman de los orejotaz, Lord Nozeke…, había conseguido colarse en SU cueva. El elfo y sus acompañantes, simplemente, habían aparecido allí, sin que los ídolos de Morko de Skirniseerh respondieran con algo más que un molesto chisporroteo.

- Infecta criatura.- resonó la voz en la cueva Skirniseerh.- si valoras en algo tu miserable existencia, mañana al anochecer ni tu ni tus miserables camaradas estaréis aquí cuando volvamos.

- Pedo ke demonioz!.- recordaba haber bramado el Chaman goblin.- Kien koño erez? Zabez kon kien eztaz hablando?! Yo zoy el Gran Skirniseerh Amo y señor de las Grandes Montañas del Sur, Kaudillo del pueblo elegido por Morko, Violador de Garrapatas y Conquistador de Orcos, Aztuto Zupremo del Conclave de las Zombras, Hijo de la Luna Malvada, Azezino de Humanoz, Taponez, Orejotaz y Ezoz otroz maz bajitos y regordete, Domador de Arañaz, Egullidor de Zetas, El Chaman que zuzurraba a loz de la bola y la cadena...

- Y mañana con la luna nueva serás un cadáver a medio pudrirse si sigues aquí.- contestó tajante la voz del elfo.

- Miz guardiaz no te permitirán llegarte a mil pazoz de mi lao! Zoy el Amo de eztaz montañaz de rocaz! Jamaz podraz zacarnos daki!

- No necesito sacar a tu repugnante banda de indeseables.- sonó de nuevo la voz, esta vez mucho más cerca, como advirtió con pavor Skirniseerh cuando una estilizada daga élfica se apoyó en su garganta.- Solo necesito terminar este movimiento para cumplir mi amenaza. Y ten por seguro, miserable criatura, que nada de lo que hagas me impedirá llegar hasta tu repugnante madriguera. Ahora escucha cual es el precio que le impondré al favor de conservarte la cabeza…

“Repuznante auzgero” Cómo había podido describir en esos términos su cómoda cueva el orejotaz. Cómoda hasta extremos que Skirniseerh no había imaginado cuando a la noche siguiente a esa visita lideraba a su tribu por el paso entre Pico de Osso y El Mirador en dirección al campamento orco del Bosque del Stnotling, dejando a tras su reino subterráneo.
Afortunadamente, la promesa de una buena pelea disuadió a sus súbditos de abandonar las cuevas y, reforzada por algunas peñas de goblins de las Colinas de Osso, Macizo de la Puerta Sur, Paseo del Bosque y el Bosque de Merwin Meridional, la misma promesa se mostró suficiente para animar a los orcos del Bosque del Stnotling a acompañarle en dirección al norte. Bugdul, el archienemigo de Skirniseerh y kaudillo de los orcos de aquellos parajes había sido mucho más difícil de convencer. Convencido de que se trataba de una nueva artimaña del goblin se había opuesto, pero no pudo negarse cuando el astuto Skirniseerh propuso que su chaman tarado y él dirimieran en un duelo quien contaba con el favor de Gorko y Morko. El bruto había aceptado confiado en que su robusto chaman destrozara al ajado chaman goblin, pero los poderes de Skirniseerh superaban con creces a los del burdo brujo de la tribu de Bugdul y la disputa se había resuelto fácilmente a su favor.

Ahora, tres semanas más tarde, Skirniseerh liderando la mayor horda de pieles verdes que había asolado Sartosa en los últimos años, avanzaba contra las poblaciones humanas del norte de la isla, tal y como el chaman de los orejotaz le había ordenado hacer. Pese a todo la mayor parte de los orcos de Bugdul, que pronto se había dado cuenta de su error de cálculo, se habían quedado en el campamento, considerando que los humanos eran demasiado enclenques como para ofrecer una buena pelea. Tan solo el gigantesco Kaudillo orco y un puñado de sus guerreros más salvajes se habían unido a la gran hueste goblin. Eso estaba bien, pensaba el goblin, así habría más orcos a su disposición cuando, tal y como dictaba su aztuto plan, volviera triunfante del norte y con todas las tribus de pieles verdes unidas bajo su estandarte recuperara su reino de las manos de los orejotaz. Aunque antes tendría que acabar con los molestos humanos, pensó el viejo chaman volviendo de su ensoñación de gloria.
Tras varios días siendo perseguidos por un destacamento de tropas de Sartosa, los pieles verdes habían decidido detenerse en lo alto de una loma y esperar al combate. Bugdul había traído pocos orcos consigo, pero eso era todo lo que Skirniseerh necesitaba. El gonblin asomó la cara entre las pieles que le cubrían a él y su trono, y en su avejentada cara se dibujó una mueca parecida a una sonrisa. Volvió inmediatamente la vista a la más pequeña de las hogueras, donde un gigantesco y musculoso orco presidía torturaba a un enano con extraños tatuajes..."Habrá bronka", pensó para sí el viejo chaman, y en una pelea cualquiera puede perder la cabeza... "tanto enemigoz como archienemigoz"


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Y para cerrar el capítulo de la batalla de La Tortuga, aqui os traigo el postfacio elaborado por el jugador imperial

Habían transcurrido varias largas horas desde el final de la batalla cuando por fin el Maestro Joanwise "Braunbär", Magister del Colegio Ámbar, pudo sentarse y descansar. Todos y cada uno de los músculos de su cuerpo estaban tensos, las cicatrices en su torso desnudo supuraban un brillante icor, y le dolía especialmente la desencajada mandíbula. Nunca se había visto en la necesidad de acumular tanta energía mágica sobre él mismo ni sobre otras criaturas, y las secuelas de manipular el viento de Ghur siempre eran imprevisibles...gracias a su destreza y al beneplácito de Taal, un puñado de soldados habían logrado frenar a la horda monstruosa que se les había echado encima. Vencer al fuego con fuego, la fuerza bruta con fuerza bruta, era la máxima del hechicero...enfervorecidos y vigorizados por los encantamientos oportunos, su regimiento se había encarado con sobrenatural furia contra una marea de babeantes trolls y chillones trasgos, destripando bestias con la espada y arrancando girones de carne verde a mordiscos.
El capitán y los hombres de armas supervivientes vomitaban y aullaban de dolor a su alrededor, padeciendo los efectos secundarios de la misma magia que les había permitido salvar el pellejo. El Maestro sabía que algunos de ellos quedarían marcados de por vida por la transformación que acababan de experimentar. Aunque la mayoría del Waaagh yacía muerto sobre la colina, desmembrados enanos y hombres servirían de alimento a los cuervos y alimañas del bosque por igual.
Durante su exilio por las Tierras Yermas y las Montañas del Fin del Mundo, un neófito Joanwise había aprendido a identificar y luchar contra las diferentes razas de pieles verdes...aunque acababa de matar a un peligroso chamán noctívago, el liderazgo de éste sobre goblins silvestres y orcos indómitos le desconcertaban casi tanto como la presencia de varios orcos negros en la horda. Si su intuición no le fallaba, los orcos pronto se reagruparían y volverían a atacar, ya que por desgracia varios de los cabecillas habían logrado escapar de la matanza.
- ¡ Karzaam, razaghaas ür Anraheir! - El ensalmo fue potenciado por la potente voz del hechicero, que maldijo una vez más a sus enemigos.

Una costra de sangre seca cubría el rostro y brazos de Joseph Swein confiriéndole un aspecto salvaje y terrorífico, similar al de las pinturas de guerra que lucían los orcos a los que se había enfrentado aquel día . Joseph estaba vivo, y eso ya era más de a lo que podrían aspirar la mayoría de sus compañeros. El bueno del Padre Borhelmhof les había bendecido y mantenido unidos durante el combate, hasta que un enorme orco le rebanó de un golpe la cabeza y la moral colectiva se derrumbó. La milicia había cargado y resistido firme contra una gran formación de horribles pieles verdes de tamaño descomunal, y nadie podría reprocharles su retirada. Un denso manto de niebla y oscuridad cubrió durante la batalla la loma de la colina, ocultando el verdadero tamaño de las formaciones enemigas. Tanto los hombres de las compañías libres como los matadores habían caído en la trampa, pero los curtidos enanos sufrieron la peor parte, pues todos murieron asaetados en su avance. Nada sabía aún sobre el motivo que había llevado a esos desdichados marinos de Barak-Varr hasta Sartosa, ni por qué perseguían sin descanso a los pieles verdes, pero tampoco tenía ya mucho interés en averiguarlo...ese mes cobraría su paga, los restos del Batallón volvían a la guarnición de Roba, y en las tabernas del pueblo ahogaría por igual penas y temores.

- ¡Aaagg...Kitaaa...dejazmeee....Waaaghhhh! - Bugdul se retorcía y agitaba agonizante mientras corría por el denso bosque, atormentado por los espíritus de la naturaleza que le hostigaban, arañaban y susurraban extrañas palabras. Acabó tropezando con una raíz de árbol, momento en que se golpeó fuertemente la cabeza contra un tronco...cuando por fin volvió en sí, las visiones se habían desvanecido y la foresta quedó en silencio...
- Azí eztá mejor- dijo para sí, tendido en el húmedo suelo y aún con el coco dolorido...aunque había masacrado a multitud de humanos con su hacha, Gorko le había privado de la victoria que tanto ansiaba. No estaba seguro del destino de su encapuchado y odiado rival, pero con suerte se habría convertido en "pazto de garrapato". Bugdul se puso en pie, se sacudió las hojas y lanzó un aullido. Aún respiraba...la guerra continuaba.
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