Campaña de Sartosa: Desembarco (partes I, II y III)

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Hiswesüle
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Campaña de Sartosa: Desembarco (partes I, II y III)

Mensaje por Hiswesüle » 06 Feb 2015, 02:26

Editado: 3ª parte añadida



Hola a todos:

En este post pretendo ir colgando los relatos que un amigo y yo vayamos escribiendo al hilo de una serie de batallas que pretendemos disputar como parte de una Campaña basada en Mapa. Podeis encontrar más información acerca de la campaña y de las batallas que se van disputando en este otro hilo (del foro correspondiente):

http://www.warhammerfantasy.es/foro/vie ... f=5&t=6924

En la entrega de hoy empezaremos por el Prefacio Imperial a la campaña. Espero que lo disfruteís:

El Barón Marius Ludwig von Dunkel paseaba orgulloso por la cubierta de la imponente galeaza con la vista fija en la costa. Decenas de barcazas y lanchas cubrían en ordenada procesión el cuarto de milla escaso que separaba la playa del fondeadero de la Flota Imperial, trasportando una ingente cantidad de hombres, armas y suministros. Si todo iba bien, la operación de desembarco se completaría antes del atardecer, momento en que él mismo bajaría a tierra. La travesía desde el Reiksport había trascurrido - ¡Gracias al bendito Sigmar!- sin incidentes reseñables, descontando el cañoneo que habían intercambiado a primera hora, al cruzar en formación frente a los baluartes de Sartosa. Aquel tumultuoso nido de desharrapados estaba bien defendido, pero toda su artillería apuntaba hacia el mar, lo que facilitaría el inminente asalto a la plaza. En la distancia, sobre un escarpado roquedo, se erguía la oscura silueta de la Fortaleza del Rey Pirata, cuyas murallas habían conocido sin duda tiempos mejores. Si el príncipe pirata de turno era inteligente, a esas horas ya debería haber recogido su oro y escapando de allí lo más lejos posible...

- Buenos días, Herr Barón. ¡Excelente mañana! - Saludó ufano el viejo Hindenberg, Jefe de Ingenieros de la expedición, a la par que se tocaba su emplumado y aparatoso sombrero.

Ludwig devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza, dejando que el veterano oficial siguiera recibiendo los elogios del corrillo de artilleros que lo rodeaban. La batería de cohetes incendiarios que había instalado en cubierta había demostrado ser, para sorpresa de todos, sobradamente efectiva, puesto que durante el ataque matutino había logrado envolver en llamas los principales bajeles refugiados en el puerto del enemigo.

Contemplar el gran despliegue de naves y tropas suponía un magnífico espectáculo a los ojos del joven noble. Aquello no era una simple escaramuza de castigo. La misión que se le había encomendado era conquistar y reclamar el gobierno de la isla bajo la autoridad de su Augusta Majestad Imperial, y el número de unidades a su disposición era proporcional al tamaño de la empresa. La salvaguarda de las rutas comerciales se había convertido en asunto capital, especialmente desde que las otrora poderosas repúblicas y ciudades de Estalia y Tilea habían sucumbido a la decadencia y el caos, aislándose totalmente del mundo mientras eran consumidas por las intrigas internas y la guerra.

Pensó entonces en el inicio de la inminente campaña y en el inconmensurable honor que el mando de todo un ejército regular representaba.

Se había preparado para aquel momento cumbre desde la infancia...desde las lecciones de filosofía, historia y táctica militar impartidas por estrictos tutores, hasta la gloriosa etapa como caballero y edecán de la Reiksguard. No estaba dispuesto bajo ningún concepto a defraudar a un ya de por si contrariado Emperador, furioso por el hecho de que el anterior encargado de erradicar la piratería de aquellas aguas se hubiera revelado como un vil traidor. Era sabido que ese condenado se escondía junto a un grupo de proscritos y desertores en algún agujero de aquella abrupta isla, pero seguiría siendo así por poco tiempo...en apenas unas semanas toda Sartosa sería pacificada y sujeta a la Ley Imperial, los rebeldes acabarían engrilletados, y el gobierno de toda la ínsula recaería exclusivamente sobre él, restaurando así la maltrecha dignidad de su Casa. Su difunto padre había perdido todas las posesiones de la familia en la frontera de Ostermark , y al título que había heredado no lo respaldaban tierras ni castillo.

Apoyado sobre la batayola respiró profundamente. El potente aroma a salitre le despejó la cabeza, retomando mejores pensamientos...una vez nombrado gobernador, ¡no debería tardar en casarse!. Los hombres hablaban continuamente sobre la singular belleza y "fogosidad" de las mujeres corsarias, fantaseando además sobre las probabilidades de rescatar de su cautiverio a alguna acaudalada y agradecida dama tileana, o quizá incluso a alguna hermosa hija del Sultán de Arabia. Dejó escapar una leve sonrisa frente a esa última posibilidad...sabía perfectamente que su futura mujer sería debidamente escogida para él, llegado el momento, de entre las hijas de la alta nobleza de Altdorf. El protocolo de su rango así lo exigía, y no convenía mezclar nunca el amor con la política.

- ¡¡¡CUBIERTA!!! ... - Las repentinas voces del vigía apostado en la cofa del mayor no perturbaron en un primer momento las ensoñaciones de Ludwig, no al menos hasta percatarse de que toda la gente de mar se apretujaba bulliciosa en la banda opuesta del barco. El Capitán von Graff también estaba allí, inmóvil, oteando el horizonte a través de un catalejo. Se abrió paso hasta el fornido y curtido marino y esperó intrigado a que éste pronunciase alguna palabra...a simple vista él apenas pudo advertir unos lejanos brillos sobre la superficie del agua, sin distinguir aparejo de barco alguno.

- ¿Piratas? - Preguntó finalmente al abstraído comandante del navío...Von Graff no se inmutó, pero un interminable instante después plegó el instrumento, escupió un espeso lapo sobre la cubierta y se dirigió a Ludwig en tono seco...

- Y dígame, General...¿esperaba vuecencia la visita de algún elfo?. -


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Tras disputar la batalla de Desembarco (batalla inagural de la campaña cuyo desarrollo podeís consultar en el hilo correspondiente de Informes de Batalla) os dejo los epílogos de ambos bandos ante el combate en la playa, empezando por el Imperial.

- Clinc, clinc ...Craaassshh!!! - El frasquito de tinta estalló en mil pedazos al caer al suelo, y el cansado general no pudo sino lanzar al aire un profundo suspiro de resignación...llevaba redactando correspondencia y ordenes para sus capitanes desde hacía horas, siempre bajo la tenue luz de una vela, y parecía que la tediosa tarea no acabaría nunca. Sus aposentos en la antigua fortaleza del Rey Pirata eran espaciosos y cómodos en cuanto a mobiliario - el retrete de porcelana de Catai era todo un lujo incluso para los comerciantes más ricos de Marienburgo - , pero estaban faltos de aceite para los candiles, leña, jabón y otros suministros básicos que pudieran hacer la estancia más agradable. Los primeros compases de la campaña en Sartosa estaban resultando penosos y complicados, y lo que a priori debía haber sido un paseo militar tenía visos de enquistarse y convertirse en una horrible pesadilla...

...Había perdido una gran parte de sus hombres y de sus valiosísimas piezas de artillería en el mismo momento del desembarco, viéndose obligado a librar una dura batalla de la que con dificultad pudo escapar con vida, gracias tan sólo al sacrificio de los grandes espaderos. Pero sin duda la mayor tragedia para él consistía en la muerte de Rudölf, su fiel y elegante montura, por la que había pagado una fortuna años atrás recién llegado a la Corte. En su crianza había dilapidando otro dineral que no tenía a base de créditos y préstamos que aún adeudaba, sin los cuales no hubiera podido afrontar los enormes gastos de alimentación y entrenamiento de la bestia. Esos malnacidos piratas élficos habían aparecido de improviso por cientos, echándoseles encima con una velocidad y tenacidad implacable. Aunque ellos también sufrieron un severo castigo y sintieron en sus lánguidas carnes el acero imperial, finalmente lograron arrasar sus líneas y dispersar a sus desmotivadas tropas, que tampoco esperaban encontrar semejante resistencia a su llegada.

En cualquier caso, nadie podría lanzar acusaciones de fuerza contra él por cobardía o ineptitud en el ejercicio del mando, y menos teniendo en cuenta que la hueste enemiga contaba entre sus filas con muchos y poderosos magos, cuyos conjuros eran capaces tanto de quitar el alma a los vivos como de alzar del fango a los muertos...Fray Wilhelm de Kemperbad, el clérigo que le asistía en asuntos religiosos, le había explicado que la manifiesta malignidad de los elfos tenía por seguro relación con el elevado grado de corrupción que había alcanzado esa antigua raza, demasiado expuesta al Caos y a los Poderes Oscuros. Insistía vehementemente en dar aviso a los Inquisidores mayores de Altdorf, a fin de requerir los servicios de los Cazadores de Brujas...

...Ludwig no estaba seguro de que mezclar a la jerarquía eclesiástica con su campaña fuera una buena idea, y menos cuando ya se había visto obligado a solicitar importantes refuerzos al Emperador, exponiéndose así a las murmuraciones y al descrédito.

- Toc, toc, toc... - el sargento de armas llamó a la puerta por formalidad, ya que se encontraba entreabierta. El barón hizo una pausa y desde el escritorio hizo gestos al soldado para que pasara - Adelante, Serge...¿qué se te ofrece? - El engalanado sargento se cuadró, se aclaró la garganta, y habló con acento áspero.

- Herr Barón...mi General...ejem...han llegado informes de los exploradores. El primer batallón ha cercado la población rebelde de Senelite, y los incursores "Pieles Verdes" han sido por fin cercados al sur de los Acantilados del Tuerto...... - Hizo una larga pausa que Ludwig se vio obligado a interrumpir. - ¿Eso es todo?- El sargento dudó un instante -...Eeeem, no mi General...hay...hay algunos disturbios en el pueblo...Parece que algunos milicianos han bebido más vino y grog de la cuenta y han acabado quemando una taberna...hay algunos heridos.-

No era el primer incidente relacionado con la bebida, y al parecer el licor abundaba en esa isla de pendencieros y matasietes.

- Bien...quiero que te encargues de buscar a los instigadores de la trifulca y haz que los ahorquen inmediatamente...No se debe tolerar la indisciplina de ninguna forma...del resto de asuntos ya me ocuparé yo mañana personalmente. Puedes retirarte...y cierra la puerta al salir. -

Una vez el ayudante se hubo marchado con toda su marcialidad y ceremonia, el joven noble se recostó en el asiento, estiró los brazos torpemente y se sintió tremendamente viejo...elfos, piratas, desertores, borrachos y, por si fuera poco, de los bosques habían surgido un tropel de monstruos sanguinarios que les hostigaban...apenas acababa de llegar, pero ya odiaba esa maldita isla con toda su alma...


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Y tras el epílogo imperial a la batalla de desembarco, aqui viene el epílogo de los Altos elfos con lo que termina la narración de la primera batalla de la campaña:

El joven noble Alto elfo avanzaba deprisa por los pasillos del majestuoso edificio con la mente llena de dudas que estallaron cuando llegó frente a una ornamentada puerta de madera de haya y plata. Aun dudó un instante más, debatiéndose entre la claridad con la que su corazón le impulsaba a actuar y las confusas reservas de su mente, antes de llamar a la lujosa puerta.

Sorprendentemente no obtuvo respuesta, lo que intranquilizó aun más al joven Isiondil y le llevó a posar su mano enguantada sobre el pomo conforma de dragón de la espada que colgaba de su costado al tiempo que giraba pausada y silenciosamente la puerta. Sus labios murmuraron una plegaria a Hoeth mientras los goznes de la puerta cedían y sus músculos se contrajeron a la espera de recibir una descarga eléctrica, el impacto de una fuerza invisible, o algún otro molesto, o potencialmente letal, efecto mágico que el ocupante de los aposentos hubiera dispuesto para evitar ser molestado.

Pero nada de ello ocurrió. La puerta se abrió sin resistencia (y sin sorpresas) revelando una amplia habitación en la que la brisa nocturna se introducía por un amplio ventanal abierto sobre la plaza principal de Tor Lysean. Pero aquellas habitaciones, reservadas para los huéspedes de mayor prestigio se encontraban vacías.
Aparentemente su ocupante se había marchado de allí precipitadamente, pues varios lujosos ropajes aparecían dispersos sobre el amplísimo lecho con dosel que ocupaba el centro de la habitación. Siendo todos ellos ricos vestidos ceremoniales, parecían sin embargo haber sido descartados por otro más merecedor de la importante ocasión que se celebraba, precisamente en esos momentos, tres plantas más abajo del lujoso palacio en el que se encontraba el joven príncipe de Cáledor. Isondil se volvió para marcharse pero en el último instante se detuvo volviéndose hacia el interior de la estancia. Notaba la brisa que entraba por la abierta balconada, un indicio más de las prisas del ocupante por abandonar la estancia, pero las cortinas no se movían y la luz de las velas se mostraba extrañamente estable…

- Lord Var´Al?.- Se atrevió a preguntar el noble caledoriano recriminándose a si mismo el hablarle a una habitación vacía.

- Está visto que en las mentes de nuestra aristocracia guerrera está inscrito a letras d fuego no respetar ni el silencio ni el trabajo ajeno.- emergió una voz de la silla vacía situada frente al amplio escritorio dispuesto en uno de los laterales de la habitación. Esta, por cierto, pareció deshacerse sobre sí misma para posteriormente rehacerse ante los sorprendidos ojos del noble alto elfo revelando un escritorio completamente cubierto de papeles y mapas en el que una esfera cristalina que emitía un suave resplandor verdoso iluminaba el rostro del solitario ocupante de la silla instantes antes vacía.

- Mi Lord, nos esperan en el salón de baile.- informó el caledoriano obligándose a sí mismo a permanecer impasible ante una nueva demostración del poder mágico de su interlocutor.

- Y sin duda alguna culpáis a mi excentricidad avelornocii de haberos robado este instante de gloria al haber sido enviado a indagar mi ausencia de allí donde la etiqueta me obligaba a encontrarme. O tal vez se trate de que mis sospechosos estudios de lo arcano absorben mi mente una vez más impidiéndome atender mis verdaderas obligaciones?.

La voz del viejo elfo sonaba hastiada, si bien el cansancio que el joven noble advirtió en esas palabras parecía responder a causas aun más profundas que el tedio que producían al avelornocii los fastos por la reciente victoria del ejército en Sartossa. Isiondil se dio cuenta entonces de que ese cansancio se había instalado en la voz del viejo mago tras el enfrentamiento con el ejército imperial en la playa del Paso Oriental. Realmente aquello no sorprendía al noble caledoriano. Entonces, el día se había salvado gracias a los hechizos del curtido mago avelornocii. Su tío, Ëarmbor, Príncipe de Tor Lysean, se había amparado en las elogiosas, y por qué no decirlo, merecidas palabras del Señor del Conocimiento Lord Nolrandir para aupar la carga de los jóvenes Yelmos Plateados encabezados por Isiondil a la cumbre de los elogios en la corte, pero el joven guerrero sabía la verdad. Sabía que cuando los sucios artilleros imperiales había barrido la línea de batalla élfica con sus horrible ingenios de pólvora, cuando el advenedizo general imperial a lomos de su grifo de guerra había deshecho el flanco izquierdo de los altos elfos, cuando él y sus compañeros habían sido incapaces de domeñar a sus corceles élficos, aterrados
por el ruido de la artillería humana, y obligarlos a cargar contra las tropas imperiales, en ese momento, había sido Lord Var´Al quien los había salvado. El viejo hechicero había cubierto de magia a su escolta de Leones blancos y protegidos de esta manera los cazadores cracios se lanzaron en solitario contra la línea imperial.

Los humanos habían replicado primero engullendo a la solitaria unidad élfica entre vulgares milicianos. Lord Nolrandir se había sumado entonces al ataque junto con los exploradores Sombrios, pero la línea imperial había aguantado. Peor aún, la incapacidad de Isondil y los jóvenes aristócratas elfos a su mando había expuesto
a los cracios a la carga de la caballería pesada imperial. Esta golpeó con fuerza las mermadas líneas de los Leones Blancos de Cracia mientras que Lord Var´Al enronquecía lanzando hechizo tras hechizo para proteger a la infantería élfica de élite.

Finalmente la caballería élfica que él mismo encabezaba se había lanzado contra el flanco imperial, ni un segundo antes de que las líneas de los Leones blancos sucumbieran al empuje de los súbditos del Emperador. Aquello había sido el inicio de la imparable cabalgada que era la comidilla de todas las cortes de Ulthuan. A lo
largo y ancho del continente insular se elogiaba en aquel mismo instante la carga de los jóvenes caballeros ante la que habían sucumbido la caballería imperial, milicianos, arcabuceros, y arqueros enemigos, y la mitad del tren de artillería que los imperiales habían desembarcado en la isla de Sartosa.

Pero Isondil sabía que había sido Khaine quien había impedido que el cañón de salvas que hasta entonces había ganado la batalla para el imperio les hiciera, a él y a sus compañeros, volar en pedazos. Ni aun entonces hubieran podido salvarse de no ser por los tétricos guerreros nagarothii que encabezados por Lord Nolrandir habían silenciado definitivamente el peligroso ingenio de pólvora. Tras aquello, Isondil había liderado la carga de los suyos. Se decía en las cortes de Ulthuan que Kornous impulsaba sus corceles y el propia Asuryan guiaba sus armas. Pero el caledoriano sabía que eran plegarias a Khaine las que él y el resto de los Yelmos plateados
tenían en los labios al cabalgar. Pues todos ellos luchaban y cargaban con la convicción de la derrota. Las filas de los Leones blancos de Cracia había desaparecido e Isondil sabía que su carga no podría romper la cerrada formación de Grandes Espaderos que acompañaba al Conde imperial que lideraba el ejército enemigo.

Sin embargo, cuando tras haber recorrido de este a oeste la línea imperial, los caballeros élficos hicieron virar sus monturas y bajaron sus lanzas para enfrentar su destino, pudieron ver como las reconstituidas filas de los cazadores cracios rechazaban al general humano golpeando a su monstruosa montura hasta hacerla huir
cubierta de su propia sangre. Ningún artificio mágico que el viejo avelornocii pudiera ejecutar podría superar la maravilla que produjo en Isondil el poder arcano desplegado entonces. Desbordante de energía mágica Lord Var´Al se alzaba entre su guardia de élite sobre un trono de hojas y ramas mientras la magia Jade fluía a su
alrededor y su través. Como un Dios en pleno acto creador, el viejo elfo canalizaba las energías de la tierra hacia el cuerpo de sus escoltas caídos sanando sus heridas permitiéndoles alzarse de nuevo. Mientras cabalgaba para apoyar su carga contra los supervivientes imperiales, con renovadas esperanzas, Isondil vio como siete de los
poderosos cazadores cracios se levantaban del suelo donde yacían y se incorporaban inmediatamente a la carga de sus compañeros completamente recuperados. El noble de cáledor comprendió entonces como se había salvado el día.

Observando al viejo elfo entendió también el coste que había tenido para él. Lord Var´Al estaba exhausto aun después de las dos semanas transcurridas desde la batalla, y el viaje de vuelta a Ulthuan, exigido por el Rey Fénix para homenajear a los audaces héroes del desembarco de Sartosa parecía agotar aun más al archimago alto elfo.

- Disculpad a mi tío, mi Lord.- ensayó el noble caledoriano.- No era su intención fatigaros con la vida cortesana. Quizás podríais recuperaros mejor bajo la floresta de vuestra Avelorn natal…

- Y prolongar aun más esta pérdida de tiempo?.- respondió airado el archimago elfo cuya voz pareció recuperar de pronto toda la energía que Isondil la recordaba de la playa de Sartosa.- Ignoráis a caso, mi joven amigo, la apurada situación en la que se encuentra Lord Nolrandir? Los humanos han desembarcado finalmente en el extremo noroccidental de Sartosa y se han hecho con el control de la Fortaleza del Rey Pirata, y los pueblos de Sartosa y Raba, mientras nuestras fuerzas, abandonadas por nosotros, sus líderes, se estrellaban contra los muros de Vercuso y Vermunte.

- Pero…

- El Señor del Conocimiento partió hace una semana de la Torre Blanca y en estos momentos avanza hacia el sur desde el Bosque del Snotling, donde ha conseguido azuzar a las tribus pieles verdes contra la fuerza de desembarco imperial, para tratar de evitar que los humanos tomen Caragio cerrando así nuestro acceso al extremo meridional de la isla. Parece que a diferencia nuestra, el Emperador espera a la haber conseguido la victoria antes de celebrarla.

- Pero entonces los imperiales podrían cerrar nuestro acceso al Faro de Sartosa e impedir el cumplimiento de la misión que nos asignó su Alteza el Rey Fénix! Tenemos que volver de inmediato a Sartosa.

- Por fin un rayo de inteligencia estratégica entre tanto baile y tanta gala, Sire!.- dijo el avelornocii mirando desdeñosamente la ornamentada Armadura Dragón que el caledoriano vestía para la ocasión.- Me temo que nuestra visita a mis pares en Avelorn tendrá que retrasarse. Reuníos conmigo en el puerto joven señor.- ordenó el comandante alto elfo a su marcial subordinado mientras una luz verde lo envolvía y lo descolgaba desde la balconada depositándolo suavemente en la plaza principal de Tor
Lysean, donde ya esperaba su guardia personal de Leones Blancos de Cracia.

Isondil se asomó a la balaustrada para ver alejarse al archimago, asombrado al advertir que todo rastro de cansancio parecía haber desaparecido de su voz en cuanto pudo comunicar su intención de volver al frente.

- Ah! Y despedirme cortésmente de vuestro tío y sus nobles, aristocráticos y draconianos pares!.- le escucho pronunciar el joven noble de Cáledor, mientras abandonaba precipitadamente la estancia en dirección a sus propios aposentos, con una sonrisa en los labios. Ni a su tio ni a sus aristocráticos subodinados iba a hacerles la mitad de gracia que a él esas palabras.
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