Goblor el orco

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Bugs
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Goblor el orco

Mensaje por Bugs » 20 Ene 2013, 14:42

Bueno, ya que esta sección del foro también está parada, me ha dado por animarme y escribir un relato breve (o esa es mi intención...xD) sobre la que considero que es la raza más olvidada en cuanto a novelas y relatos de warhammer (olvidada en el sentido de que ninguna obra trata sobre ellos, cuando aparecen los OyG siempre son como malos, no tienen ni una sola [al menos hasta donde yo sé] en que sean ellos los protas, así que me animo y escribo yo algo!

A ver que os parece!!


PARTE 1

Amaneció el día en el campamento orco. El olor a heces e inmundicia inundaba el aire. Las moscas pululaban a sus anchas mientras los pieles verdes comenzaban con sus actividades diarias: Una buena pelea por algún motivo absurdo, la mejor manera de dar las gracias a Morko y a Gorko por la nueva oportunidad de destruir algo que les brindaba la mañana.

En el centro del campamento, en la mejor zona, se encontraba la tienda del Kaudillo Orco Goblor. El sonido del exterior lo despertó. Los rugidos de orcos peleando, los golpes, el acero contra la carne desgarrandose... No había mejor forma de empezar un Waaaaahhhgh. Apartó de un manotazo a su Snotling favorito, Ezmirriao, y cogiendo un hierro punzante salió a repartir estopa entre sus congéneres.

En estos quehaceres cotidianos se encontraban los orcos, cuando la llegada del goblin Bligick a lomos de su lobo detuvo la disputa matutina. Goblor sabía que traía noticias.

- ¿Que traez azquerozo inepto? -Preguntó el kaudillo, que jamás había sentido el menor respeto ni le habían gustado los goblins.

- Hemoz encontrao la ciudá. No ezta muy lejoz, a un par de horaz de marcha dezde aquí. Loz goboz ya eztamoz montando laz máquinaz de guerra pa atacarlez a la hora de la comida -Respondió el Goblin con su aguda voz.

Goblor no pudo reprimir su puño que se estampó contra la nariz del pequeño goblin, que cayó del lobo.

-¿A la hora de la comida? ¿¡TU EZTAZ LOCO O QUE!? ¡Un orco zolo come y lucha, y no noz vamoz a zaltar una de laz 2 cozaz!

El asustadizo goblin se levantó y retrocedió trastabillando hasta ocultarse tras su lobo gigante mientras trataba de argumentar con el odioso orco:

- ¡Zeñor Goblor... Zeñor... Zi... Zi atacamoz la ciudá a la hora de comer, podremos tomar humanoz pa merendar!

Goblor se quedó mirando al asqueroso goblin unos instantes hasta que su cerebro pudo reaccionar. Saltarse una comida era malo, pero tener humanos para merendar era un banquete que la tribu estaba mucho tiempo sin degustar. Merecía la pena esperar y disfrutar del suculento manjar. Se giró al resto de orcos, que estaban esperando ya las ordenes mientras cesaban las hostilidades entre ellos. Entonces les dedicó uno de sus grandes discursos:

-¡IDIOTAZ, MOVED EL CULO! ¡NOZ VAMOZ PA LA GUERRA QUE NO EZTÁ MU LEJOZ DE AQUÍ! ¡EZTOY ARTO DE COMÉ CARNE DE JABALÍ O DE HOMBRE RATA, Y TENEMOZ UNA CIUDÁ NUEVECITA EZPERÁDONOZ! ¡EL IDIOTA QUE ZE QUEDE REZAGAO ZERÁ PAZTO DE MI ZIERPE ALÁ!

La horda de pielesverdes se quedaron pensativos unos segundos. Goblor dudó sobre si sus bonitas palabras no habrían calado hondo en los diminutos cerebros de sus congéneres, pero todavía no había acabado de elaborar este pensamiento cuando de fondo uno de los campeones de los orcos negros que le seguían gritó un waaahgh al que se le unieron poco a poco el del resto pielesverdes del campamento. Goblor de nuevo lo había conseguido.

La horda pielverde avanzó rápido por los bosques, los goblins iban en la vanguardia, los orcos salvajez protegían los flancos, algunos trolls que habían conseguido seguían a los chamanes, mientras que las grandes peñas de orcos constituían el grueso del ejército y ocupaban el lugar central, los orcos negros protegían la retaguardia. Los exploradores de lobo goblin ya habían partido hacía tiempo, mientras que los goblins nocturnos llevaban desde el alba comiendo setas, preparándose para la guerra. En muy poco tiempo, en el emplazamiento donde había estado el campamento orco solo quedaban heces, moscas, tótems hechos a Gorko y Morko y algunos cadáveres por la reyerta matutina.

Goblor sobrevolaba a su horda con su sierpe alada, ParteCaraz, observando orgulloso el gran potencial verde que había logrado reunir. Las catapultas lanzagoblins estaban posicionadas ya cuando llegaron. Los lanzapiedroz estaban totalmente montados y tenían munición suficiente para disparar durante un prolongado tiempo. Los lanzapinchoz apuntaban directamente al corazón de la ciudad humana de la cual desconocían el nombre. Entonces el orco pudo observar cómo aquellos apestosos humanos estaban formando un ejército, se habían dado cuenta de que los pielesverdes les atacaban y Goblor no entendía cómo. Por lo visto, los gritos, el aporreo de escudos, las flatulencias, los insultos, el fuego a su paso, y en general, la avalancha de destrucción que provocaban los orcos allá por donde pasaban, no llamaban suficientemente la atención, o eso pensó el Kaudillo orco.

Bajó de nuevo para inspirar a sus hordas. Su serpiente alada se posó en el suelo y entonces el inspirado Kaudillo les habló de nuevo:

-¡IDIOTAZ EZTOZ MEMOZ YA ZABEN QUE VAMOZ A POR ELLOZ, AZÍ QUE NADA DE EZPERAR, VAMOZ A MATA LO MAZ RÁPIDO POZIBLE, QUE TENGO HAMBRE Y GANAZ DE JUERGA! ¡NO DEJEIZ NI UNO VIVO! ¡EL FEZTIN EZTA AQUÍ, ZABOREADLO!

Los orcos enloquecieron, comenzaron a golpear con más fuerza los escudos, los fanáticos goblins comenzaron a excitarse atados todavía en sus cadenas. Los goblins sonreían maliciosamente, y los orcos zalvajez, llevados por una furia asesina, comenzaron a marchar hacía el enemigo, seguido por el resto de las hordas. La batalla había comenzado.

Goblor sacó a su Snotling Ezmirriao de debajo de la capa de piel de lobo que llevaba y se lo puso en el hombro. Estirando de las riendas de ParteCaraz tomó el vuelo, y mientras miraba a la pequeña y asquerosa criatura le dijo:

-Ezmirriao prepárate, que hoy va a zer el día en que va a comenzá uno de loz waaaahgh máz grandez que ha habío en la hiztoria



PARTE 2


El kaudillo sobrevolaba con su sierpe el campo de batalla observando la escena. Los goblins aunque habían comenzado el ataque en la vanguardia, pronto habían sido superados en velocidad por las piernas más largas de los orcos, y habían quedado relegados a un segundo plano (que ellos preferían, para poder apuñalar a traición sin ser vistos). Los goblins nocturnos por su parte, se habían separado de sus parientes y habían tomado uno de los flancos del ejército Imperial. Por su parte, los orcos zalvajez habían sufrido la carga de la pesada caballería humana, aunque inspirados por una furia asesina conseguían resistir el embate.

El espectáculo no podía ser más divertido para el orco. Sus chicoz arrasaban la milicia humana. Por su parte, los goblins habían comenzado a envenenar sus flechas y a dispararlas contra los Grandes Espaderos, que caían envenenados por doquier. Los goblins nocturnos por su parte, habían soltado a los fanáticos sobre los espaderos humanos, que acababan aplastados por sus cadenas. Además, era divertido ver como los propios fanáticos morían en el campo de batalla empalados por las flechas humanas, o aplastadas por sus propias cadenas después de dejar un rastro de destrucción a su paso. Pronto hubo algo de los goblins nocturnos que llamó la atención del orco: Varios garrapatos despachurradores aparecieron del bosque, en un futil intento por parte de los goblins de dirigirlos contra el rival. Las bestias avanzaban veloces, y azarosamente (no hay otro modo de describir cómo) algunas de ellas habían logrado estamparse contra las filas humanas, causando una masacre todavía mayor que la de los propios fanáticos.

Las luchas de magia entre los chamanes y los magos eran incesantes. Rayos de enérgía sobrevolaban el campo de batalla. Los lanzapiedroz estrellaban sus rocas contra las murallas, casas y tropas enemigas. Los goblins voladores se estampaban contra los enemigos a una velocidad tan atroz, que no había armadura capaz de detener tal golpe. Los lanzacohetes y los cañones mataban pielesverdes pero no daban abasto para detenerlos a todos y tarde o temprano eran destruidos por una roca lanzada desde el aire o por el rayo de alguno de los chamanes. Por su parte, los lanzapinchoz goblin hacían todo lo posible por disparar, y en algunas ocasiones, incluso lo conseguían. Los trolls no sabían muy bien dónde estaban y deambulaban por el campo de batalla golpeando a todo aquél que se encontraban.

Goblor estaba contento con el espectáculo y reía a carcajadas viendo la destrucción que había causado en tan poco tiempo. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que los orcos salvajes estaban reculado poco a poco ante la caballería, y decidió que había sido la hora de ayudar a sus camaradas. Tirando de las riendas de su sierpe, bajó en picado hacia ellos, mientras su snotling, Ezmirriao se agarraba a una de las alas de la bestia para evitar salir volando.

El choque del Kaudillo contra la tropa enemiga fue ensordecedor. Los restos de varios caballeros salieron por el aire. Por su parte, los orcos negros que todavía no habían entrado en escena, acudieron para apoyar la carga de su kaudillo y ayudar a sus parientes salvajez. Con sus hachas de dos manos, pronto los humanos dieron cuenta de que eran unos enemigos terribles. Goblor partía enemigos de dos en dos con su espada, y Partecaraz mordía, arañaba y daba coletazos envenenados a toda criatura enemiga a la que llegaba. Pronto la caballería empezó a estar verdaderamente diezmada, lo que animó a los salvajez, que ya habían reculado bastante, a volver a la pelea con energías renovadas. Pronto no quedaría un humano vivo allí.

Entonces Goblor vio la silueta de un caballero montado en un hipogrifo, y se giró justo a tiempo para evitar el embiste de su lanza de caballería. El caballero se sorprendió ante los reflejos, muy por encima de los humanos, que había demostrado tener el orco. Además, lejos de asustarse, el kaudillo sonreía y sus ojos brillaban, estaba como emocionado ante la idea de encontrar a un rival de su talla. El caballero imperial estaba asustado ante la reacción enemiga, pero tirando de las riendas ordenó a su montura emprender el vuelo, con la esperanza de que Goblor lo siguiera y tener un combate aéreo. Tan pronto como el caballero salió volando, Goblor salió en su búsqueda.

En el cielo el hipogrifo era más rápido que la sierpe. Atacaba con picotazos y con sus garras, pero sus heridas no conseguían atravesar las escamas de Partecaraz que intentaba cazar a la veloz montura con sus dientes, garras o la cola. Por su parte, el caballero y el kaudillo mantenían una lucha en la que ninguno de los dos tomaba la ventaja frente al otro. La espada del orco se estampaba continuamente contra el escudo del humano, y lo mismo ocurría con la lanza de caballería de este. Goblor reía a carcajadas, disfrutando de su combate, mientras que el humano,sin perder la compostura, mostraba preocupación por no conseguir herir al pielverde.

El combate estuvo igualado un rato, hasta que uno de los embistes del caballero imperal hizo que el escudo de Goblor saliera volando y estuvo apunto de derribar al kaduillo. El humano aprovechó la ocasión para dar una nueva estocada, con más fuerza, que consiguiera derribar del todo al kaudillo. Sorprendentemente Goblor consiguió esquivar la embestida, y mientras sonreía por el espectáculo que estaba viviendo, ensartó en las tripas del caballero su espada, que de la fuerza del impacto se partió. Entonces el orco vio en los ojos de su enemigo como la vida lo abandonaba, antes de precipitarse al vacío. Al caer, el caballero que seguía agarrado a las riendas, hizo que el hipogrifo girase sobre si mismo, momento que aprovechó la sierpe para morder el cuello de pájaro de la criatura y acabar con ella. Tanto la montura como el jinete cayeron al campo de batalla.

Cuando Goblor aterrizó con su sierpe, la batalla ya había acabado. Dejó a Partecaraz comiéndose al hipogrifo, mientras él busco lo que quedaba del cadáver de su rival. Cuando lo encontró estaba desfigurado por el golpe que se había dado el cuerpo al caer. Aún así, el Kaudillo se sintió atraído hacia el yelmo que su rival había portado. Incluso él, que no tenía ni la más remota idea sobre magia, se dio cuenta de que aquel objeto tenía un poder increíble, y sin pensárselo dos veces, tiró su viejo yelmo y se encasquetó su primer trofeo de guerra. Después, decapitó el cadáver del caballero y se llevó la cabeza consigo.

Recorrió las ruinas de la ciudad hasta lo que había sido la plaza principal. Los orcos campaban por doquier, y habían comenzado a agrupar los cuerpos para comenzar el pillaje y de paso, cocinar y disfrutar del festín. Los goblins mientras tanto, acababan con los supervivientes de la batalla de la forma más cruel, humillante y divertida que se les ocurría. Cuando Goblor llegó ante ellos, solamente quedaba un mago humano con vida, al que los goblins estaban pinchando con palos puntiagudos, insultando, escupiéndole, y humillándolo.

-¿Ezte era el máz fuerte de tu ejército? - Preguntó Goblor mientras arrojaba a los pies del mago los restos de la cabeza del que había sido su rival.

-Sí, lo era -Dijo el mago intentando parecer orgulloso, pero apartando la vista de aquél atroz espectáculo que lo asqueaba.

-¡PUEZ YO LO HE MATAO! -Dijo Goblor gritando, y pronto toda su horda de pielesverdes comenzaron a vitorearle.

-¡Si hubiéramos sido tantos como vosotros no nos hubierais derrotado! No hemos podido pedir ayuda al Imperio y lo hemos pagado con nuestras vidas -Dijo el mago, que seguía tratando de mantener su dignidad, aunque sus palabras habían ido perdiendo fuerza mientras hablaba.

-¿Máz Humanoz? ¿Hay máz dizpueztoz a luchar? ¡QUE VENGAN! ¡LLAMALEZ! ¡YA TENGO GANAZ DE UNA NUEVA ZURRA! -Los ojos de Goblor se habían iluminado. Aún no había dejado de luchar y ya quería un nuevo contrincante, esta vez uno que supusiera un reto de verdad.

-¿Quieres que avise al Imperio de tu invasión? -Preguntó el mago incrédulo, que no se creía lo que estaba diciéndole el asqueroso orco.

-¡Zí! ¡Quiero que avizez a todoz loz humanoz que puedaz y que lez digaz que el WAAAAAHGH de Goblor ha comenzao! ¡QUE AQUÍ LEZ EZPERAMOZ ZIN NINGÚN MIEDO!

-Me.. ¿Me dejas marchar para que avise al Imperio?

-¡TRAEDLE UN CABALLO A EZTE AZQUEROZO HUMANO PA QUE DE LA VOZ DE ALARMA!

Un goblin se adelantó ante el resto para lanzar una pregunta al kaudillo:

-Ze...Zeñor Goblor... ¿Por que dejar que el asqueroso humano de la voz de alarma? Si los pillamos desprevenidos...

El goblin no pudo ni acabar la frase, un patadón del kaudillo le rompió los dientes de la boca.

-¡GOBLOR NO EZ NINGÚN COBARDE! ¡QUE LOZ HUMANOZ ZEPAN QUE VOY A POR ELLOZ!

Uno de los goblins nocturnos apareció con un caballo. El mago humano todavía no lograba entender cómo se había librado de aquella. Montó encima del caballo mientras el kaudillo le sujetaba las riendas.

-Doz cozaz máz antez de irte, humano.

-Di...Dime caudillo -El mago temió lo que podía ser la última reacción que tuviera el kaudillo orco antes de marchar.

-La primera, quiero zaber dónde ezta la zala de armaz de ezte tio -Dijo mientras señalaba la cabeza amputada

El mago señaló con la cabeza la fortaleza que había en lo alto de una colina, varias calles más arriba de la plaza dónde estaban.

-Bien bien. Y la zegunza ez que quiero que lez digaz a loz azquerozoz humanoz que eztamoz aquí ezperándolez, y que zi no vienen, iremoz a por elloz. ¿Entendido?

-Daré la voz de alarma en el Imperio, y pronto tendrás más humanos de los que desearás orco. Y seguramente acabarán con tu horda de pielesverdes y con tu vida -El mago había recuperado poco a poco su valentía, dado que el Goblor estaba cumpliendo su palabra.

-Puede que azí zea. Tú dilez que eztamoz aquí, y ¡ezto para que no te olvidez!

Y con un movimiento rápido de su brazo, desenvainó la espada y cortó la mano al mago, que no pudo evitar reprimir un grito de dolor mientras se sujetaba el muñón sangrante. Goblor palmeó el trasero al caballo, que salió corriendo, mientras los pielesverdes se apartaban a su paso entre risas.

Lo último que vio el mago fue a un gran ejército de pielesverdes festejando la victoria en lo que había sido su ciudad natal, y a Goblor que comenzó a dirigirse a la fortaleza en busca de nuevos trofeos de guerra



PARTE 3

La horda de Goblins avanzó por la fortaleza arrasando todo a su paso. Sus aliados los Skavens contribuían a no dejar ningún enano con vida. La extraña alianza entre dos razas que se odiaban había dado lugar a una ola de dolor y destrucción como nunca se había visto en la fortaleza de Karak-Ungor. En estos momentos, solo un grupo reducido de enanos defendía a duras penas la sala del trono, esperando que sus enemigos les diesen una muerte digna, y tratando de llevarse el mayor número posible de ellos al infierno.

El asedio había sido largo y prolongado. Los enanos habían plantado batalla a sus enemigos a las puertas de la fortaleza como era costumbre. Sus máquinas de guerra habían dado buena cuenta de las aberraciones y atrocidades del rival, pero su mayor superioridad numérica había sido imparable. Morían cientos de pielesverdes y de hombres rata, pero el número de sus bajas eran poco significativas en comparación a la gran hueste que habían logrado reunir. Aún así, antes de que la batalla estuviera perdida, los enanos habían logrado destruir cientos de máquinas de guerra goblinoides y la totalidad de las maléficas creaciones de los hombres rata.

Después de esta gran hazaña, los enanos se tuvieron que retirar tras sus puertas, creyendo que estarían a salvo. Sin embargo, una hábil estratagema Skaven, había logrado funcionar, y gracias a ella las puertas de la fortaleza se abrieron, permitiendo así que el asalto goblin tuviera lugar.

Los enanos a pesar de haber sido cogidos por sorpresa, habían plantado cara al rival, y habían vendido caro cada metro de fortaleza que habían perdido. Sin embargo, cuando las ratas se juntaron a los pieles verdes en su ataque, supieron que solos jamás conseguirían detener tal invasión. Pidieron ayuda, pero no tuvieron respuesta.

En estos momentos de desesperación el rey de la fortaleza animaba a los pocos hombres que le quedaban a mantenerse firmes contra su rival, y demostrar que los enanos jamás se rendirían, por muy oscura que fuese la hora de su muerte. Sus palabras animaban a sus hombres, inspirándoles un valor nunca visto, pero esto no hacía que el número de rivales bajase. Y en esta situación estaban cuando pasó algo desconcertante:

La puerta de la sala del trono había caído. A los enanos ya no les quedaba munición. Ante ellos estaban sus rivales, el Kaudillo goblin Galnez, líder de los nocturnos, y Splath, líder de los skavens. Ambos se relamían viendo a un reducido grupo de enanos , privados de sus potentes disparos y agotados por días de asedio, que seguían luchando hasta el final.

Un rugido ensordecedor se escuchó tras ambos ejércitos. Pronto lo siguieron cientos de chillidos, lamentos, golpes sonoros, y voces bastas y fuertes. Los skavens comenzaron a retirarse rápidamente hacia su retaguardia, mientras Splath y Galnez no lograban llegar a entender qué era lo que estaba sucediendo. Los enanos mientras tanto, observaban esperanzados cómo se desarrollaba la situación.

Pronto aparecieron tras las espaldas de los hombres rata, rebanadoraz en manos, un ejército de orcos montados en jabalí, que arrasaban a todo peludo que encontraban a su paso. A la cabeza, un enorme kaudillo orco montado en su sierpe alada, y con un snotling colgado en el hombro, daba golpes a diestro y siniestro armado con una espada imperial.

Splath no tuvo tiempo ni de reaccionar, antes de que pudiera ponerse en guardia, Goblor el kaudillo orco, ya había saltado de su sierpe y había lanzado un tajo al cuello peludo de su rival. El señor de la guerra cayó decapitado al instante, lo cual se tradujo en que la totalidad de los hombres rata que quedaban se esfumaron en un instante, pues temían correr el mismo destino. Los enanos, que habían esperado ilusionados que este nuevo ejército fuera aliado, perdieron toda esperanza de salir con vida de aquella.

Goblor observó a los enanos, y apartó a empujones y puñetazos a los goblins que le molestaban en su camino. Incluso Galnez se llevó un mamporro, aunque no se atrevió a rechistar. Cuando llegó frente a ellos, con una maléfica sonrisa les dijo:

- El máz fuerte de vozotroz que luche contra mí. He venio volando de mu lejoz y tengo ganaz de ejercitar loz múzculoz, ¡y ezaz rataz no me han durado nada!

Tal provocación era insultante para los enanos. Thegok, el más joven de los hombres que le quedaban al rey enano dio un paso al frente armado con su hacha y su escudo. Girándose hacia el señor enano le dijo:

-Gran Rey, yo le traeré la cabeza de este rival.

Goblor sonrió, no era el primer enemigo que fanfarroneaba antes de luchar contra él. Sin embargo, gracias a sus recién adquiridos poderes sabía que el joven enano no sería rival.

La pelea no duró mucho. La espada de Goblor chocó contra el escudo enano, que prácticamente se desquebrajó por la mitad. Thegok intentó recomponerse, pero el brazo del escudo estaba roto. La potencia del orco había sido espectacular, casi divina. Lanzó un golpe con su hacha, pero el kaudillo no tuvo ningún problema en esquivarlo con la espada y antes de que el enano pudiera reaccionar, el orco le atravesó el cuello con la espada mientras sonaba una risotada funesta.

-¡He dicho que viniera el máz fuerte! ¡¿Acazo era ezte mierda?!

La ira recorrió el rostro de todos los enanos. El maldito kaudillo había faltado al respeto a un enano moribundo y eso era un agravio muy gordo. Un escriba tardó muy poco en apuntarlo en el libro de agravios de su rey.

Por su parte, el Gran Rey Enano bajó del escudo en el que lo llevaban sus porteadores. Sus hombres intentaron impedírselo, pero el enano estaba tan enfadado que no hubo forma de hacerlo rectificar: Quería subsanar el agravio que el orco había hecho en su presencia , a cualquier precio.

Goblor cuando vio a su rival acercarse, sonrió, pues era consciente de que éste combate sí que valdría la pena. El rey enano desenvainó su hacha, y Goblor no tardó más de dos segundos en fijarse en ella. Había acudido desde muy lejos solamente para hacerse con un arma enana, que eran famosas entre los pielesverdes por ser las mejores con las que podían pillarse.

El rey no dijo ni una palabra. Se abalanzó sobre Goblor que giró sobre sí mismo para esquivarlo. Pronto el orco tuvo de nuevo el hacha de su rival rozándole la cara. El rey no daba tregua y el kaudillo solamente podía esquivar al retaco. La potencia de los golpes era espectacular, tanto, que el orco nunca había visto nada igual. Sus ojos brillaban por la emoción de saber que aquél rey de una fortaleza tan alejada y pequeña le estaba dando el combate de su vida.

El hacha de su rival se estrelló por tercera vez contra el escudo orco que terminó por partirse. Goblor no había podido lanzar ni una estocada, pero su rival llevaba atacando con saña un buen rato y los síntomas de cansancio estaban comenzando a aparecer en él. Goblor sonreía, reía y esquivaba por poco los ataques de su rival, divertido por no poder hacer otra cosa que escapar de la muerte por los pelos. El enano seguía tozudo en su empeño de machacar al orco y parecía no ser consciente de que cada vez sus golpes eran más lentos. Pronto llegó el primer contraataque del kaudillo, que el enano pudo esquivar con el mango de su hacha. Después fueron viniendo más contraataques, cada vez con más frecuencia. Pronto el rey enano trastabilló y cayó frente al orco, que al intentarlo rematar, se abalanzó sobre él, momento que aprovechó el rey para intentar darle un golpe sorpresa. Este intento también fracasó.

El combate duró un rato más, pues el enano aunque cansado, seguía en sus trece intentando derrotar al rival. Pero el aguante había llegado a su fin, y pronto un golpe a media altura fue detenido por el brazo del orco que arrancó el hacha de las manos de su dueño. Agotado, el rey enano cayó de rodillas frente a Goblor, que con un rápido movimiento de su brazo decapitó al monarca frente a la mirada atónita de los pocos enanos que quedaban vivos.

Goblor sopesó el botín que acababa de recibir de las manos de su anterior dueño, y tras observarlo unos instantes sonrió satisfecho. Lanzó lejos la espada que portaba y se dirigió al que parecía ser su lugarteniente:

-Ha merezío la pena vení hazta aquí pa hacerme con un arma. Tengo que volver a la ciudá humana, loz hombrez eztarán a punto de llegar.

-¡Oz dije que miz jinetez de jabalí ze podían mové rápio y que eran buenoz luchando!

-Habeiz trabajao bien, pero ¡Yo zoy el mejó!Vozotroz acabad el trabajo aquí y volved con el rezto del waaagh cuando ezteiz liztoz.

-¡A la orden zeñó!

Y con un simple gesto del brazo del lugarteniente, la horda de orcos en jabalí se abalanzaron sobre los pocos enanos que quedaban, que sin apenas oponer resistencia por lo que había ocurrido, murieron en pocos instantes.

Goblor ya no le prestaba atención a lo que sucedía, cogió del moflete a Galnez y alejándolo del resto de goblins nocturnos le dijo:

-Ahora ezta mina ez tuya, pero tú me zirvez a mi ¿entendío?

El kaudillo goblin, todavía dolorido por el pellizco del orco asintió con la cabeza, para satisfacción del orco.

-Mu bien, puez ahora me marcho volando a la ciudá de la que he venío. He provocado allí una guerra con loz humanoz que eztarán al caer. Miz hombrez te indicarán cómo llegar hazta allí. Mueve a tu ezcoria cuando ezté lizta y preparate para la guerra.

Y sin decir nada más, Goblor se montó en Partecaraz y salió al exterior para emprender el viaje de vuelta a la ciudad de la que había venido.



PARTE 4

Partecaraz aterrizó en el medio de la ciudad humana que los orcos habían tomado por campamento. Después de que los orcos camparan por ella durante días, el aspecto que antaño presentaba la orgullosa ciudad había cambiado radicalmente. Los cadáveres humanos habían desaparecido, devorados por los pielesverdes, sin embargo las manchas de sangre seguían adornado las calles. Las limpias avenidas habían dejado paso a mugre, porquería y suciedad. Tótems en honor de Morko y Gorko se erigían donde antes había altares a Sigmar. Las granjas que habían criado orgullosos caballos guardaban ahora asquerosos jabalíes de guerra. Las casas, que en su día habían albergado familias felices, ahora servían de hacinamiento para miles de pielesverdes. Y el número seguía creciendo día a día.

Un orco cojo, tomó de las riendas a la sierpe, y la condujo a la granja que Goblor había ordenado despejar para ella. El kaudillo recorrió la ciudad en dirección a su torre, observando orgulloso el aumento de volumen de su Waagh. Durante la última excursión a la fortaleza enana sus tropas se habían doblado, quizás triplicado.

Un goblin le salió al paso por una callejuela. Goblor lo reconoció rápidamente: Era el tapón que le había dado el chivatazo sobre la invasión que estaba llevando a cabo la tribu de goblins nocturnos “Zetaz Ozcuraz” a la fortaleza enana. A pesar de que gracias a él ahora tenía un arma nueva, y una nueva tribu le rendía pleitesía, Goblor no tenía ningunas ganas de tratar con semejante raza cobarde. El pobre goblin lo increpó, ignorando el desprecio que el kaudillo le tenía:

-¿Lo hicizte? ¿Conquiztazte la fortaleza enana?

-Yo no hice nada, eztúpido tapón. La fortaleza ya había caído. Yo zolamente limpié la porquería. Ezo zi, ¡me cargué al máz fuerte!

-¡Gorko lo ha querido! ¡Zerá el mayor Waagh de la hiztoria!

Goblor odiaba a los lameculos, y el goblin estaba acabando con su escasa paciencia. Giró en la siguiente calle a la izquierda y cuando el goblin intentó seguirlo, lo apartó de un manotazo que lo hizo rodar hasta un montón de heces orcas que había en una esquina. Aún habiéndose alejado lo suficiente, pudo escuchar la risa tonta de goblin, mientras le felicitaba por sus victorias con grandes gritos en la calle.

Llegó a la plaza donde se alzaba la mayor torre de la ciudad. Después de saquearla y quedarse todos los objetos que había considerado de valor, el kaudillo se había instalado en el piso más alto de ella, para poder controlar a sus hombres y para demostrarles que él estaba en lo más alto. Los orcos negros se habían instalado en los pisos inferiores y le servían de escolta. Cuando pasó entre varios de ellos, le hicieron un saludo respetuoso que Goblor ni se molestó en responder. Sin embargo, sentados frente a una hoguera vio al jefe orco negro y a algunos de sus seguidores comportándose de forma extraña: En lugar de estar peleándose o durmiendo como haría cualquier orco, se dedicaban a pasar unas piedras por el borde de sus armas, consiguiendo así que éstas no perdieran el filo. Goblor lo había vivido en el campo de batalla muchas veces: Llevaba el arma llena de sangre y se le atascaba en el cráneo de un rival o se le mellaba la hoja y entonces tenía que golpear con más fuerza al enemigo para cortarle. Rápidamente el orco entendió el porqué de la actitud de éste grupo de orcos y se acercó a ellos.

-Dame una de ezaz piedraz para mi arma –Ordenó el kaudillo orco.

-Ezta piedra ez mía y zolo tengo una. Zi quierez una piedra de amolar tendráz que quitárzela a otro orco, o pue que te cuezte la vida ¡cerdo! –Dijo el jefe orco negro mientras se levantaba amenazador.

Goblor sonrió. Deseaba darle una lección a un orco que le hablase con ese tono. No iba a permitir que nadie le faltase al respeto después de todo lo que había conseguido en tan poco tiempo. Sin embargo, el propio orco también sentía un renovado respeto por el orco negro, ya que había demostrado tener agallas.

-¿Moririaz por tu eztúpida piedra, orco?

-Puedez apoztar a que zí. Zé que no puedo derrotarte, pero zi la quierez, la pagaráz cara.

Goblor no pudo evitar la carcajada. Aquél orco tenía agallas de verdad, pero había dicho en voz alta y clara que su líder lo mataría. No quería desperdiciar un buen orco como aquél, en un combate estúpido. Sabía que pronto una batalla como nunca antes había vivido tendría lugar no muy lejos de allí.

-No zé lo cara que la pagaría, porque creo que zoi capaz de deztrozarte zin que me toquez. Zin embargo, me haz caido bien. Puedez quedarte con tu eztúpida piedra. Tú –Dijo mientras daba una colleja a uno de los orcos negros de alrededor que seguía afilando su arma- ¡Dame la tuya!

El orco negro entregó su piedra sin rechistar. El jefe orco negro seguía de pie, con su único ojo fijo en el kaudillo, que también le sostenía la mirada. Después de unos instantes, Goblor le ofreció:

-Nezezito un orco como Gorko manda que haga cumplir miz órdenez. ¿Quierez zer tú, idiota?

El orco negro mirando a los ojos de Goblor y poniéndose lo más recto que pudo respondió:

-¡Zi! ¡Haré lo que ordenez!

-¡Puez dile a ezta chuzma que ze prepare. Zi el chamán ezta en lo zierto, huele a guerra por aquí.

-¡A la orden zeñó!

Y dándo un grito, el jefe orco negro puso a todos sus hombres en pie, los sacó de la torre y los tuvo entrenando durante todo el día. Goblor durante un rato observó el entrenamiento, y después se puso a afilar el hacha.

-Te llamaraz Quiebracuelloz, ya que lo primero que haz hecho ha zido cortar el cuello de tu antiguo dueño –le dijo al arma mientras la ponía a punto-

Cuando hubo terminado el trabajo y estuvo orgulloso de cómo le había quedado, decidió que tomaría esa costumbre de los orcos negros y que siempre tendría su arma lista para la batalla.

Pasaron las semanas y el enemigo no apareció. Goblor comenzaba a impacientarse y el resto de su Waagh también. Había ido enviando partidas de pielesverdes a asegurar toda la zona y en estos momentos una extensión de tierra tan grande como una de las provincias del Imperio, estaba bajo su dominio. Las montañas al este le pertenecían. Los bosques al sur también. Al norte y al este los orcos habían avanzado conquistando y arrasando pequeñas aldeas hasta que dejaron de encontrarlas habitadas. Por lo visto se corrió la voz de la invasión orca y los habitantes del Imperio decidieron que preferían quemar sus hogares y marcharse a que los orcos los habitasen. No sabían que a los orcos no les importa dormir en una choza quemada.

Estas actividades de pillaje habían mantenido ocupado al Waagh que había ido aumentando de tamaño, pero cuando no quedó ningún territorio por pacificar, o mejor dicho, caotizar, los orcos comenzaron a aburrirse, y con ellos Goblor.

Sin embargo, un día un goblin a lomos de un lobo, entró cabalgando en la ciudad a la que el orco había rebautizado como
Goblorópoliz, con un grito que repetía para que todos los pielesverdes se enterasen:

-¡Vienen loz humanoz! ¡Un ejército por el norte! ¡Ze acercan por fin! ¡Fieztaaaaaaa!

Goblor que estaba en lo alto de su torre, se levantó de su trono. Desenvainó a Quiebracuelloz y comprobó el filo. Bajando por la torre, vio a su lugarteniente, el jefe orco negro, y le dijo:

-Preparaoz, acaba de empezar la fiezta.



PARTE 5

El aprendiz de piromante se preguntó cómo había llegado a aquella situación. Sus pensamientos dieron un rápido recorrido por los sucesos que había vivido en las últimas semanas y entonces todo cobró sentido.

Sintió de nuevo el dolor en su brazo, como si el kaudillo orco hubiera vuelto a cortarle la mano de nuevo. Sintió el hierro perforando su piel, músculos, partiendo sus huesos y entonces el dolor le invadió de nuevo.

Recordó el viaje agonizante a caballo, mientras se hacía un torniquete para no morir desangrado. Lo difícil que fue no desmallarse de dolor, no recordar las atrocidades que los pielesverdes habían hecho en su ciudad. La caída del caballo, cuando este murió al reventarle el corazón por la prolongada marcha sin descanso. Los días de caminata hasta llegar a la ciudad de su Conde Elector. Cómo se desvaneció frente a los cuarteles de la ciudad.

En este momento casi agradecía haberlo hecho, pues estar despierto cuando le recauchutaron el muñón con fuego hubiera sido muy doloroso. Después los recuerdos eran más difusos. Recordaba sacerdotes tratándole, sirvientas limpiándole, y una gran llama hablándole, pero probablemente serían recuerdos producidos por las fiebres. Cuando despertó, solicitó una audiencia con el Conde Elector, pero naturalmente no se la concedieron.

El aprendiz de piromante se presentó ante el rango más alto de los militares que decidieron darle una audiencia. Tuvo suerte, fue el jefe de una de las órdenes de caballería más antiguas de las que contaba la ciudad. Después de explicarle la situación sufrida con la horda pierverde, el Maestre de la Orden decidió que armaría un ejército regular y marcharia sobre el kaudillo llamado Goblor, con el fin de liberar a las ciudades y pueblos que habían sido sometidas por él.

Esto alegro al aprendiz, pues creyó que el Maestre armaría un gran ejército para caer sobre los pielesverdes, y se presentó voluntario para volver con el ejército tal y como le había prometido al orco. Sabía que sin una de sus manos le era imposible realizar los movimientos necesarios para lanzar hechizos, pero quería asistir a la derrota del ser al que ahora odiaba con toda su alma. El Maestre le acogió rápidamente, a pesar de que los sacerdotes de Sigmar le aconsejaron que no lo hiciera.

Los sacerdotes nunca habían visto bien a los magos, y se oponían totalmente a su integración en los ejércitos Imperiales, ya que según había dicho el Señor del Conocimiento Teclis, toda la magia procedía de los reinos del Caos, y por tanto, para los sacerdotes, todos los magos acabarían sucumbiendo a los reinos oscuros de los cuatro dioses. Sin embargo, el veterano Maestre siempre partía a la batalla con varios magos, pues era consciente de la venta táctica que esto implicaba para un ejército. Fue en ese momento cuando el aprendiz de piromante conoció a varios de los más grandes magos de la ciudad.

Sin embargo, una vez el ejército emprendió la marcha, poco tardó en darse cuenta de que sus tropas no serían suficientes para detener al Kaudillo orco. El ejército estaba compuesto por varios miles de personas, pero el número era muy semejante al del ejército orco cuando arrasó la ciudad, y si lo que contaban de los orcos era cierto, aquel "waaagh" como los orcos llamaban a sus invasiones, ya habría aumentado su número hasta doblarlo o incluso triplicarlo.

Trató de hacérselo saber al Maestre de la Orden, pero este le ignoró, orgulloso de sus hombres, su ejército y su estrategia militar, y desoyendo los consejos del piromante, marcharon sobre la creciente marea verde. Por los pueblos que pasaron se fueron uniendo fanáticos y flagelantes, animados por los sacerdotes que marchaban contra los pieles verdes, pero el mago de fuego seguía sin ver la victoria clara, y marchó hacia lo que temía que fuera una derrota aplastante.

Tardaron varios días en comenzar a ver el espectáculo que habían dejado los orcos a su paso: ídolos de sus dioses hechos con heces, cadáveres por doquier, suciedad y basura como jamás había habido en aquellas tierras, pueblos saqueados e incendiados... Parecía que el Maestre no temía lo que iba a encontrar en la pequeña ciudad hacia la que marchaba, pero el piromante cada vez era más consciente de que sin ninguna duda, el número de orcos que les esperaría sería totalmente superior al de la última vez.

Sospechosamente no se encontraron con ningún orco hasta que llegaron a la ciudad y pronto comprendieron porqué. Toda la horda verde había estado esperándoles durante días, sabedores de que el ejército iba a marchar hacia ellos. Cuando vieron a los pielesverdes ya estaban preparados y en formación para recibir al ejército. Ni siquiera esperaron una audiencia o una mínima declaración, tal y como aparecieron por el horizonte comenzó el ataque. Y fue en este preciso instante cuando el piromante se dio cuenta de que este nuevo ejército acabaría como el anterior.

Los ingenieros apenas tuvieron tiempo de montar los cañones mientras los orcos cargaban contra ellos. El Maestre comenzó a gritar órdenes al ejército que trató de colocarse en filas, de la forma disciplinada de la que el Imperio siempre hacía gala. Pronto comenzaron a llover flechas, piedras, virotes y goblins voladores.

Muchas de las máquinas de guerra cayeron al instante, aplastadas por una lluvia incesante de piedras del tamaño de una mesa. Los virotes que lograban tocar a las filas del ejército causaban un caos de muerte y destrucción. Las flechas orcas, que eran como un dedo de gordas, se ensartaban atravesando las armaduras de los soldados, mientras que las envenenadas de los goblins hacían que la menor herida recibida se convirtiese en mortal. Sin embargo, lo que mayor terror causaba en el ejército eran los malditos goblins voladores, que decidían desde el aire cuál sería su víctima, y se lanzaban a por ella sin ningún tipo de temor. Así fue como el Gran Maestre de la Orden cayó: Un goblin le alcanzó de pleno, derribándole de su caballo, con un impacto tan brutal, que su cabeza estalló dentro del casco de su armadura.

Y desde entonces todo fue mal. Los hombres comenzaron a cargar en desorden contra la marabunta pielverde que los arrasaba. Los fanáticos animados por los sacerdotes se unían a la contienda para ser tragados por los orcos. Los más cobardes comenzaron a huir siendo conscientes de la ya inevitable derrota humana. Los magos imperiales comenzaron a caer, víctimas de los hechizos chamánicos orcos y goblinoides.

El piromante tiró de las riendas de su caballo para batirse en retirada. Alguien debería volver a la ciudad y avisar al Conde Elector, eso suponiendo que lograsen sobrevivir. Ya estaba huyendo de la batalla, cuando escuchó una voz familiar. El kaudillo Goblor, luchaba a pie derrotando a los soldados imperiales de 3 en 3. Mientras lo hacía gritaba improperios todos dirigidos al piromante:

-¡MAGOOOO M`HAZ ENGAÑAOO! ¡EZTO NO ZON TODOZ LOZ HOMBREZ! ¡EZTOZ ZON BAZURA! ¡MAGOOOOO ¿DOOOONDE EZTAAAZ? ¡MAAAAAAAAAAAAGO!

Entonces sus miradas se encontraron. Varios cientos de hombres separaban a Goblor del mago, pero ambos cruzaron sus miradas y entonces el orco sonrió.

-¡AHI EZTAZ MALDITO MENTIROZO! -Gritó el orco mientras metía la mano en su armadura para sacar algo.

Fue entonces cuando la vio: La mano que le había sido amputada salió volando de dentro de la armadura del orco y cayó a tierra. Estaba podrida, pero el piromante fue capaz de reconocerla al instante.

-¡ZI LA QUIEREZ VEN A POR ELLA!
Su mente volvió al lugar donde estaba. Había analizado todo lo que le había pasado en semanas en unos segundos. Allí se encontraba el orco, separado por cientos de soldados que estaban siendo masacrados por una ola de pielesverdes. Fue consciente de que solamente podía haber visto al kaudillo porque estaba en el alto de un prado, ya alejado del campo de batalla. Se odió a si mismo por tener que retirarse, pero sabía que si luchaba en aquél momento, moriría como estaba haciendo la mayoría del ejército imperial. Recordó que una retirada a tiempo es una victoria y dándole la espalda a su mayor enemigo, partió sin mirar atrás para ver como la ola de pielesverdes machacaba sus sueños de recuperar la ciudad.

***

Cuando la batalla hubo cesado, el jefe de los orcos negros se acercó a Goblor:

-Ha zio demaziao fazil. ¿Ahora qué?

El kaudillo orco estaba terriblemente enfadado. La victoria de hoy no le había sabido a nada. Muy pocos humanos habían acudido para luchar contra él, lo cual significaba que lo habían infravalorado, y eso lo hacía estar más enfadado. No dejaría que eso volviera a pasar.

-Ahora marcharemoz zobre elloz. Deztruiremoz ezo que llaman "Imperio" y recordaran el nombre de Goblor durante el rezto de zuz díaz.


PARTE 6

El waaagh de Goblor se había detenido, incapaz de superar la muralla creada por los hombres en la capital de la provincia. Los orcos habían llegado por el sur, siguiendo los caminos desde la ciudad fronteriza rebautizada como Globoropolis. No habían dejado ni un solo pueblo, aldea, o fortificación a su paso. Sin embargo al llegar a la capital se habían encontrado una fortaleza que difícilmente podrían conquistar: En el este, a cientos de kilómetros, la cordillera de las montañas del fin del mundo, hogar ancestral de los enanos (entre otras muchas razas) les impedían a los pielesverdes rodear la ciudad. Por el Oeste, entre escarpados acantilados, un gran río avanzaba hacia el mar. El norte de la ciudad quedaba totalmente fuera de la vista de la horda verde. Además, los magos humanos habían desviado una serie de ríos y riachuelos con su magia, consiguiendo así hacer totalmente inviable el acceso a la ciudad desde ningún otro punto que no fuera el sur. Varios cientos de kilómetros separaban la ciudad de las legendarias montañas, y ningún explorador goblin había encontrado un solo paso que permitiese al waagh avanzar y atacar desde otro flanco.

Por tanto, Goblor había insistido en sus ataques por el sur. Cada día desde que despuntaba el alba hasta que anochecía, los orcos atacaban insistentemente las murallas. Cientos de humanos caían, y también cientos de pielesverdes, pero misteriosamente, el número de humanos no parecía menguar en la fortaleza. Además, una serie de grifos, hipogrifos y demás criaturas voladoras impedían a los orcos surcar los cielos con sus sierpes aladas. El propio Goblor había tumbado medio centenar de estas criaturas, pero aun así no era suficiente, y siempre aparecían más y más, impidiendo totalmente a los orcos contemplar el norte.

También lo habían intentado por tierra, utilizando la fuerza bruta: Cientos de vagonetas snotlings se habían estampado contra las puertas de la ciudad sin llegar a romperlas. Los carros kamikazes también se habían lanzado a toda velocidad contra las murallas, sin conseguir nada más que dejar una gran mancha de sangre en la construcción humana. Los garrapatos hacía días que se habían acabado, y todos habían sido repelidos al igual que el resto de criaturas que habían intentando asaltar la ciudad. Incluso orcos armados con arietes, y gigantes borrachos se lanzaban a tratar de conseguir la gloria de abrir una brecha para que el resto de chicoz pudieran entrar, pero ninguno entre todos los orcos lo había conseguido.

Esto había hecho que el waagh perdiese fuerza. Solía ocurrir. Mientras había carnaza, ciudades que saquear, y enemigos que matar, los orcos salían hasta de debajo de las piedras, sin embargo, al estar estancado el ataque, poco a poco las fuerzas de Goblor se debilitaban. Sin embargo, esto también significaba que en el momento en que se consiguiera una victoria, nuevas y frescas tropas de orcos volverían a unirse al Kaudillo.


Goblor estaba reunido con Púaz, el goblin más astuto que había en todo el waagh. Entre los dos buscaban una forma de conseguir tomar la ciudad, ya no utilizando la fuerza bruta, sino con una rápida y astuta estratagema.

-Podemoz untarnoz en alquitran y azaltar la fortaleza por la noche -Propuso el goblin-

-Ezo ya ze izo, y loz elfoz del bozque detuvieron a loz chicoz con flechaz de fuego. ¡FUERON UNAZ ANTORCHAZ EZTUPENDAZ! -Respondió Goblor

-Mmmm -El goblin se rascaba la barbilla intentando que una brillante idea le viniera a la cabeza,y además de forma rápida, pues sabía del legendario carácter del kaudillo orco- Loz goblinz voladorez no conziguen nada, ¿ y zi lanzamoz por el aire cozaz máz grandez?

-Loz lanzapiedroz llevan zemanaz lanzando rocaz y no conzeguimoz nada. ¡Y loz chamanez llevan intentando lanzar y dizperzar magia laz mizmaz zemanaz y tampoco hacen nada! ¡EZTOY RODEAO DE IDIOTAZ QUE NO ZIRVEN PARA NADA! -Goblor se levantó de su silla y cogió su hacha por el mango, lo cual aterrorizó al Goblin- ¡EZOZ MALDITOZ HUMANOZ HAN ZIDO MÁZ AZTUTOZ QUE NOZOTROZ! -Goblor esgrimía el hacha de un lado para otro, mientras el goblin trataba de esconderse alrededor de la tienda-

-Zee...Zeñor Goblor, zeñor, la única forma que tenemoz de conzeguir pazar ez entraz en la ciudá y abrir laz puertaz dezde dentro...

-¿¡Y COMO VAMOZ A HACER EZO!? ¿¡TENEMOZ PINTA DE HUMANOZ?!

-Nnnnnno, no, zeñor, no... Zolo digo que zi conzeguimoz colar algunaz tropaz...

-¿Colar algunaz tropaz? -Goblor bajó el hacha y se quedó pensando- Ven Puaz,¡ tienez unaz máquinaz que conztruir!

***

La noche era especialmente oscura aquel día. Los orcos habían seguido con su actividad normal de tratar de asaltar las murallas. Nuevos goblins voladores, piedras y criaturas se habían abalanzado hasta la muralla y de nuevo habían sido repelidas por la guarnición. Sin embargo, aquella noche los goblins no habían cesado de llover desde el aire, y la rocas no habían dejado de estrellarse contra las murallas. Un soldado se acercó al capitán de la guardia que vigilaba desde una garita, protegido de la lluvia de proyectiles.

-Señor ¡hoy los orcos no cesan en su ataque! ¿Es una nueva estratagema?

-Estos orcos son idiotas, creen que por seguir atacándonos por la noche conseguirán entrar. ¡Que los hombres descansen para mañana, los necesito frescos! Deja solamente un número justo de hombres en las máquinas de guerra para repeler el ataque si esos inútiles deciden avanzar en la noche.

-Pero señor... ¡Hay poca visibilidad! Deberíamos... -El soldado fue bajando su voz al notar la mirada del jefe de la guardia clavada en él. Desde luego a aquel hombre no le gustaba que le dijeran como debían de hacerse las cosas- ¡A la orden señor!

La noticia de que esa noche podían descansar de forma normal recorrió la ciudad como la pólvora. Pronto solamente los ingenieros a cargo de las máquinas de guerra se quedaron apostados en ellas, la mayoría durmiendo, mientras la lluvia de proyectiles no cesaba de caer.

***

El jefe de la guardia acudió al rio hacia mitad de la noche para orinar. Tuvo que rematar varios goblins agonizantes que se habían estrellado contra las calles de la ciudad. No lograba entender qué clase de pensamiento animaba a un ser a lanzarse por los aires sabiendo que morirá seguro. Y todo por causar destrucción. En eso estaba pensando mientras orinaba, cuando notó una gran y oscura mancha en lo profundo del río. Se acercó a mirar, metiéndose en el agua hasta que le cubrió la rodilla, y entonces lo reconoció. Sin embargo fue demasiado tarde, pues una gran mano, llena de escamas lo agarró por el cuello y lo zambulló en las negras aguas. "Trolls de rio en la ciudad", fue lo último que pensó el soldado antes de morir ahogado.

El plan de Goblor había salido a pedir de boca, Puaz desde el campamento comprobaba como sus máquinas de guerra no habían fallado. Mientras tanto, el jefe orco negro, y mano derecha de Goblor, Plazka, esperaba la señal convenida para lanzar a toda la horda verde.

***

Goblor se levantó rápidamente del suelo empedregado. Lo había conseguido. Su plan había sido un éxito, aunque ahora quedaba la parte más difícil. Después de equiparse con un artesanal pero efectivo paracaídas goblinoide, se había lanzado con una catapulta, amparado por la gran lluvia de proyectiles que los orcos estaban lanzando esa noche. Además, le había ordenado a Puaz que modificase algunos lanzagoblins para que llegasen a ser capaces de lanzar por el aire a trolls y trolls de piedra. Esas criaturas eran estúpidas y en un ataque frontal contra las murallas no tenían mucho que hacer, pero si gracias a su legendaria regeneración sobrevivían al golpe de ser lanzados, podrían ser utilizados para conseguir sus planes. Además, había enviado a los trolls de rio, varios kilómetros hacia el este, a zambullirse en el río que atravesaba la ciudad, pero lejos de las miradas humanas. Si los chamanes no conseguían romper su magia, Goblor utilizaría la jugarreta humana en su contra. Los trolls habían bajado hasta la ciudad llevados por la corriente, y después de romper la gran reja de metal que hacía de sumidero para impedir que criaturas extrañas entrasen en la ciudad, se habían colado de forma efectiva. Ahora solo tenía que comandar a esas tropas de idiotas para lograr abrir las puertas y que el resto de sus chicoz arrasasen la ciudad. Por suerte, los trolls eran fuertes, y entre los que habían sobrevivido al golpe, y los de rio que habían entrado en la ciudad, tenía un buen número de ellos para lograr su objetivo.

Fue formando su grupo, primero de entre los trolls supervivientes, y después bajó al rio para reclutar al resto. Los humanos todavía dormían, pues los proyectiles seguían cayendo sobre la ciudad. Goblor tomó una antorcha y después de unos cuantos mamporros y unas cuantas amenazas, los trolls comenzaron a seguirle. Fueron avanzando en silencio (todo lo en silencio que pueden avanzar estas criaturas estúpidas, pero por suerte el ruido del asedio amortiguaba el que el "sigiloso" grupo realizaba). Pronto llegaron a la puerta principal y fue el propio Goblor quien se encargó de abrirla. Después poco a poco el grupo se dirigió al resto de puertas y consiguieron abrirlas todas, y todavía no había un solo humano que se hubiera dado cuenta de sus planes.

Eso extrañaba a Goblor ¿Dónde estaban los humanos? ¿Que había de las mujeres y los niños que normalmente huían aterrorizados de los orcos? ¿Por qué las calles estaban tan desiertas? Eso ahora no importaba demasiado, cuando empezasen las tortas ya descubriría la verdad. Ahora solo quedaba subir a las murallas, prenderles fuego y esa sería la señal para que Plazka lanzara a toda su horda contra los humanos y comenzase la juerga de verdad.

El extraño grupo formado por un centenar de trolls y Goblor llegó a la muralla sur principal. Tenían que tener cuidado, pues los proyectiles orcos seguían cayendo sobre ella. Al llegar, tuvieron su primera escaramuza con un par de soldados que hacían la guardia. No tuvieron tiempo ni de rechistar, el hacha de Goblor rápidamente les cercenó la cabeza. Pronto comenzaron a arrasar las máquinas de guerra humanas apostadas en la muralla, masacrando a los escasos hombres que se encontraban. Llegaron a la almena principal, y Goblor utilizando la antorcha que portaba prendió fuego a la bandera, y a los objetos de madera que encontró, que rápidamente comenzaron a arder, mientras los trolls con pavor huían de las llamas.

Plazka vio la señal convenida, y pronto los gritos de alerta en las murallas humanas se comenzaron a escuchar. Ordenó que cesaran los proyectiles y puso en movimiento todo el waagh pues sabía que las puertas ya estarían abiertas. Una vez cesó el sonido de los proyectiles , todos los orcos pudieron oír el sonido de espadas y gritos chocar, pues el grupo de Goblor había sido descubierto y estaban combatiendo.

Goblor mataba hombres con una sonrisa en la boca. Su plan había sido un éxito y los orcos ya estaban entrando dentro de la ciudad. La guarnición de hombres había sido pillada por sorpresa y tener un grupo de trolls aterrorizados por la ciudad, sembraba el caos todavía más si cabía. Persiguiendo y matando humanos Goblor llegó hasta la muralla norte, y entonces entendió qué era todo lo que había estado pasado hasta el momento: Varios kilómetros al norte se encontraba un gran campamento humano, que reponía las patrullas y tropas humanas que habían ido cayendo durante todos los días. Las tropas voladoras tenían la función de que los orcos no pudieran ver la estrategia humana. Cientos de pendones, de estandartes y banderas estaban ahora a la vista del kaudillo, y al ver la ciudad arder, habían comenzado a marchar hacia él. Rápidamente el orco pensó en cerrar las puertas del norte, pero enseguida se dio cuenta de que estas eran inexistentes: Los humanos las habían quitado y era imposible impedir que desde el norte se entrase en la ciudad. Solo había una forma de ganar esta batalla: Utilizando la fuerza bruta y demostrando que los orcos eran mejores que los humanos.
Última edición por Bugs el 27 Mar 2013, 20:27, editado 7 veces en total.

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Re: Goblor el orco

Mensaje por Bugs » 20 Ene 2013, 22:06

PARTE 7

La batalla empezó mal para El Imperio. Los humanos habían preparado su estrategia pensando que para cuando los orcos lograsen asaltar la ciudad, ya serían muy superiores en número. Sin embargo, gracias a la estratagema de Goblor, la ciudad había caído mucho antes de lo previsto, y todavía quedaba una marea pielverde muy superior en número al gran ejército imperial. Esto había provocado que las hordas de orcos se apelotonasen en los portones del norte, impidiendo al ejército atravesar la muralla. Además, los trolls habían huido de la ciudad en el mismo momento en el que el fuego se había propagado, acabando la gran mayoría en el rio este, impidiendo a los pequeños regimientos de asalto humanos alcanzar su objetivo: las cloacas de la ciudad.

Aún a pesar de esto, El Imperio había cargado con fuerza contra los pielesverdes, que sabiamente dirigidos por Plazka, habían mantenido la posición en las puertas, comenzando una cruenta batalla. Pasados unos momentos, bajo las puertas había un lodazal de barro, cadáveres humanos, sangre, huesos, armas rotas o melladas, y gran cantidad de muertos orcos.

Por su parte, los goblins estaban apagando los fuegos en las murallas, y colocando allí sus máquinas de guerra. Además, habían saqueado totalmente las armerías, y no había un solo goblin que no portase un arco, arcabuz, o ballesta en sus manos, dificultando así el asedio humano.

Cuando las máquinas de guerra goblinoides comenzaron a lanzar proyectiles, los generales imperiales no lo dudaron más: Ordenaron a las caballerías de semigrifos que cargasen contra las hordas de las puertas, con la esperanza de hacer un gran roto en las defensas orcas para que el resto del ejército pudieran seguirles.

Así fue como los semigrifos cargaron con fuerza contra los orcos, que cayeron ante ellos con una facilidad pasmosa. Los jinetes golpeaban con fuerza, y las criaturas picaban, chafaban y embestían contra todo aquel pielverde que encontraban. Sin embargo, cada vez que un enemigo caía, dos ocupaban su sitio, y después de un duro combate, los propios jinetes supervivientes se retiraron, a sabiendas de que si no conseguían reducir el número de pielesverdes, tomar la ciudad sería imposible.

Plazka partió con su hacha el cuello del último semigrifo, y mientras daba las órdenes a los orcos para recomponer las filas y repartía capones y patadas para que los cobardes pielesverdes no se retirasen, buscaba con la mirada a Goblor. Desde el asedio no lo había vuelto a ver y a estas alturas debería estar dirigiendo al ejército, no tomándose un descanso. Poco tiempo tuvo para buscar a su kaudillo, pues de nuevo una arremetida imperial chocó contra las murallas y tuvo que volver a luchar, dejando de lado sus escasos pensamientos, hasta que la situación mejorase para los pielesverdes.

***

Era la quinta sala de trofeos que saqueaba y todavía no había encontrado lo que buscaba. No sabía cuánto tiempo iban a poder darle sus camaradas pielesverdes, por lo que necesitaba encontrarlo cuanto antes, o todo el waagh no habría servido para nada. Goblor registraba el fortín humano al completo, buscando algo que era de especial importancia para él.

Reventó con su hacha la puerta de otra sala de trofeos más. Era indudable que los humanos habían realizado campañas contra todas las razas que existían en el mundo. En la fortaleza de la ciudad, había una sala de trofeos para cada una de las razas contra la que los humanos habían conseguido trofeos de guerra. Goblor había encontrado artefactos del caos, de los hombres bestia, de los skavens, de los llamados "No-muertos", de elfos y ahora se encontraba en una sala con trofeos de otros reinos humanos. Salió de allí al instante y tumbó la séptima puerta. Y tras esta por fin encontró lo que había venido a buscar.

Avanzó despacio, pues el objeto en cuestión tenía un lugar privilegiado en la habitación: presidía una cantidad enorme, mucho más grande que las del resto de habitaciones, de objetos que alguna vez habían pertenecido a los orcos. Espadas, hachas, armaduras, tótems, estandartes , yelmos y toda clase de objetos se apilaban en esta habitación, pero el que él había venido a buscar los presidía a todos. Y no pudo reprimir la ira que sintió al verlo.

Recordó porqué había empezado todo esto. Porqué se había hecho kaudillo de una horda. Porqué había unido a los orcos para un ataque tan grande y casi suicida. Porqué no había dudado en utilizar todos sus recursos en llegar hasta el punto en dónde estaba en este momento. Ante él estaba el "Eztandarte de la Victoria Orca" ese gran estandarte que según contaban los orcos otorgaba automáticamente la victoria en las batallas al kaudillo que lo portaba. Y entonces recordó como había sucedido todo...

Hacía muchos años ya de esto. Él era un orco más que acababa de unirse a una de laz peñaz que formaban parte del waagh de Blogath el azezino. Este kaudillo había sido el más sangriento que jamás Goblor había conocido. Además, tenía fama de que sus hordas nunca habían conocido la derrota. Y enamorado de su propia leyenda se lanzó de lleno contra un ejército imperial que cuadruplicaba en número a su waagh, teniendo completa fe en el Eztandarte de la Victoria Orca, y pensando que nadie jamás podría derrotarle. Sin la menor duda, los humanos masacraron a los orcos. Aquel día los humanos reían mientras segaban vidas pielesverdes. Se reían del estandarte que había portado Blogath mientras lo mataban en combate. Además, acabaron tomándolo y llevándoselo como prueba del triunfo de su campaña contra los pielesverdes. Muy pocos orcos sobrevivieron a aquello, y Goblor fue uno de ellos.

Entonces recordó el sentimiento que tuvo al acabar la batalla: Esa frustración de ver a sus enemigos sonriendo en una batalla. La humillación de la derrota aplastante, y de las burlas frente a aquello en lo que había creído toda su raza. La humillación de tener que correr y huir de humanos más débiles que él, simplemente porque eran más en número. Desde el momento en que dejó de correr porque había despistado al ejército que lo perseguía, Goblor decidió que recuperaría ese estandarte para la gloria orca, aunque le costase la vida.

Se fijó en como eran los grandes kaudillos orcos. En cómo conseguían atraer a un gran número de pielesverdes. Su inteligencia no era su punto fuerte. Sin embargo, el era consciente de que era más espabilado que muchos de sus congéneres, además también poseía una gran fuerza. Así que poco a poco y desde abajo comenzó a subir rangos entre los pielesverdes hasta que llegó a convertirse en el kaudillo que ahora era. Y todo por el estandarte que tenía delante.

Escuchó un sonido tras él, y se giró en el acto. Un humano apareció dando voces. Su espada chocó contra el hacha de Goblor, de la que saltaron chispas con el roce de los dos aceros. Goblor entendió que estaba luchando contra el hombre al mando de la defensa humana. Y en ese mismo instante comprendió que lo mataría allí mismo, delante del recién recuperado estandarte orco.

El humano estaba agotado. Sin duda había tenido que enfrentarse con otros congéneres para llegar hasta allí. Esto le daba mucha ventaja a Goblor, que detenía todos los ataques de su rival sin cansarse. No tardó mucho el humano en desfallecer y quedar de rodillas delante del kaudillo. Goblor de una patada lo desarmó, y cogiéndole por la barbilla le obligó a mirar al estandarte de la victoria orca.

-¿Lo vez? ¿Zabez qué ez? Ezta vergüenza quedará borrada hoy de la memoria de loz orcoz, ¡ y tu zeráz el primer humano que lo vea!

Después de decirle esto, le degolló el cuello. El pobre humano todavía pudo ver como el kaudillo se acercaba al estandarte y lo arrancaba de la pared, para después llevárselo fuera de la habitación. Después de esto, todo se oscureció.

***

Cientos de orcos habían caído ya defendiendo las puertas de su recién conquistada ciudad. Los goblins se quedaban sin flechas y los humanos se acercaban con peligrosas máquinas de guerra: Dos tanques a vapor que avanzaban lenta e inexorablemente contra la horda pielverde. Algunos goblins habían construido puertas improvisadas y se afanaban por cerrar la ciudad antes de que los tanques llegasen. Plazka, dirigiendo a sus orcos negros salió al encuentro de una de las dos maquinarias, mientras esta les disparaba y arremetía contra elloS. Sin duda los orcos tenían poco que hacer contra este aparato, sin embargo parece ser que Gorko estaba de su parte, y una expolsión interna hizo saltar por los aires el cachivache, permitiendo que Plazka y los orcos que habían sobrevivido llegaran a tiempo a la fortaleza antes de cerrarla.

El otro tanque arremetía contra la improvisada puerta de madera, pero los orcos empujaban fuertemente para que aquello no pudiera entrar. Plazka, agotado, subió a la muralla para contemplar la situación, y entonces comprendió lo mal que estaban las cosas para los orcos: Un ejército de enanos bajaba desde la montaña por el este. Pronto llegarían a la batalla, y de sobra conocía Plaka el alcance y el daño de las máquinas de guerras enanas que acudían a su encuentro. Ordenó a los goblins bajar de las muallas, y que únicamente se quedasen los que dirigían las máquinas de guerra. Atrancó las puertas de la ciudad lo mejor que pudo, y comenzó a darle a los pielesverdes escudos improvisados con los que conseguir algo de cobertura ligera contra los arcabuces enanos.

Las máquinas de guerra disparaban a los tapones, pero la situación era desesperada para los pielesverdes. Su superioridad numérica había dejado de ser apabullante porque antes de asaltar la ciudad muchas de las peñas de chicoz se había retirado. Aunque las máquinas de guerra acertasen con sus disparos, no causarían las suficientes bajas enanas como para que se retirasen. Y los trolls no podrían regenerar sus heridas incendiarias. Era necesario que alguien tuviese un plan ya. Y en eso estaba pensando cuando de repente, el suelo adoquinado de la ciudad saltó por los aires y grandes cascotes de piedras, adoquines, vigas y rocas cayeron desde el cielo.

Plazka esaba tirado en el suelo sin entender que había sucedido, cuando comprobó como una grandísima horda de hombres rata, Skavens, aparecían por un gran surco que habían hecho en el centro de la ciudad, y comenzaban a salir hacia el exterior como una marabunta hambrienta de víctimas, trofeos y sangre.

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Re: Goblor el orco

Mensaje por Bugs » 29 Ene 2013, 23:52

Bueno, después de la escasa acogida por parte del público (la GW no me ha pedido que escriba ningún relato de 200 páginas sobre un orco :( ), me he animado a escribir la segunda parte de las aventuras de Goblor (me cago en todo, que ya la tenía escrita casi hace un rato y no sé a dónde le he dado con el teclado que se me ha ido atrás la ventana y he tenido que volverla a escribir) Espero que a mis dos únicos lectores (o comentadores mejor dicho) les guste la segunda parte y animo a todos los que no las hayan leído a que lo hagan.

EDITO: Voy a dejar toda la historia junta en el primer post para que sea más fácil de leer y no haya que leer los comentarios si no se desea. Las siguientes partes las añadiré ahí (especificando cada parte)y creare un comentario nuevo para avisar. ¡Así será más fácil para todos!
Última edición por Bugs el 03 Feb 2013, 14:51, editado 1 vez en total.

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Grimgor Piel'ierro
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Re: Goblor el orco

Mensaje por Grimgor Piel'ierro » 01 Feb 2013, 10:10

Leído ^^ y sinceramente, me gusta, me has dejado con las ganas de seguir leyendo que ocurre después jeje

Un saludo!
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Actualmente residiendo en una bonita casa enana en Karak-Ungor, la Montaña del Ojo Rojo.


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Re: Goblor el orco

Mensaje por Bugs » 01 Feb 2013, 12:16

Me alegro!

La verdad es que si os mola leerlo me anima a seguir dándole un poco al coco en ratos libres para escribir. Prometo una nueva edición de Goblor el orco! xDD

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Re: Goblor el orco

Mensaje por thorgrim » 01 Feb 2013, 18:58

Las historias están muy bien!!! Sigue escribiendo!! Al final me convertiré en tu fan!!
XD
Enanos tambien llamados Dawi, son la raza mejor preparada para la guerra, tienen unos disparos increíbles y su infantería no se queda atrás.

AL ATAQUE!

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Re: Goblor el orco

Mensaje por Bugs » 01 Feb 2013, 19:44

No se yo... En la próxima parte pienso hacéroslo pasar un poco mal a los enanos :P muahahahaha

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Re: Goblor el orco

Mensaje por thorgrim » 02 Feb 2013, 09:23

jejeje, pero sin pasarse que os los orcos os pasais traeremos al ejercito enano y os fundiremos tanto con plomo como con el filo de nuestras hachas!! LEVANTAREMOS LA CABEZA DE GOBLOR EN ALTO PARA Q NUNCA MAS OS ENFRENTEIS A NOSOTROS (por vuestra seguridad)
XD
En serio, escribes muy bien deverias ser el trobador del foro, pero si puede ser no solo de orcos.... jejeje

ANIMATE A ESCRIBIR!!
Enanos tambien llamados Dawi, son la raza mejor preparada para la guerra, tienen unos disparos increíbles y su infantería no se queda atrás.

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Re: Goblor el orco

Mensaje por Granreyenano » 02 Feb 2013, 13:20

jaja ya lo eh leído, esta muy entretenido, pero no te pases con los enanos oh meteré un final alternativo en que los enanos pataleen el culo a esos pielesverdes mugrientos jaja.
Fui condenado a vagar sin destino, vació y errante
sin puerto ni hogar,es mi prisión el mundo entero sin tierra que pueda algún día volver a pisar, porque solo mi esperanza es la muerte,
y mi castigo es la eternidad.


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Re: Goblor el orco

Mensaje por Bugs » 02 Feb 2013, 13:31

El enano al que más voy a humillar tendrá de mote "Gran Rey Enano" en tu honor jajajaja

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